En abril de 1978, Venezuela era, junto con Costa Rica y Colombia, una de las tres democracias de América Latina. Los otros 17 Estados latinoamericanos -entre ellos, Panamá- estaban sometidos a regímenes autoritarios, la mayoría de ellos de corte militar.
Cuarenta años más tarde -en abril de 2018- Venezuela es, junto a Cuba, una de las dos dictaduras de la región. Según Freedom House, ONG internacional dedicada a la promoción de la libertad, los otros 18 países de América Latina están actualmente regidos por sistemas más o menos democráticos.
Cómo se perdió la democracia en Venezuela es una triste historia, llena de lecciones para los pueblos del continente. En 1978, cuando el país formaba parte del trinomio democrático latinoamericano y servía de modelo para otras sociedades que anhelaban reemplazar la dictadura por gobiernos pluralistas, nadie presagiaba que, 20 años después (1998), un militar golpista sería elegido a la presidencia y pondría en marcha el desmantelamiento de la democracia en la patria de Bolívar.
En 1978, la arquitectura política venezolana descansaba sobre un sistema de partidos que profesaban firme adhesión a la democracia y una economía petrolera que producía réditos muy abundantes. En esos mismos fundamentos, sin embargo, se encuentran las razones de su descalabro.
Por una parte, la abundancia del ingreso petrolífero llevó al descuido de otras actividades económicas, así como al despilfarro, los malos manejos y la corrupción. Por otra, los partidos tradicionales -Acción Democrática (AD) y Copei- instituyeron una partidocracia: un gobierno del pueblo, por los partidos y para los partidos, como lo describió el profesor Michael Coppedge, de la Universidad de Notre Dame, en su libro Strong Parties and Lame Ducks (1994, págs. 2 y 19-20).
Desde que se instauró la democracia en 1958 y conforme a la Constitución de 1961, había en Venezuela elecciones periódicas y competitivas (cada cinco años) y garantías para el ejercicio de las libertades fundamentales. Sin embargo, el sistema político estaba sometido a las cúpulas de los partidos.
Estas cúpulas controlaban las candidaturas a los cargos públicos y determinaban a quiénes se elegía mediante una metodología de listas cerradas. A través de la llamada “disciplina partidaria”, dominaban el proceso legislativo en el Congreso Nacional, reducido a una caricatura de órgano del Estado donde no había auténtico debate ni operación autónoma.
Las cúpulas partidarias determinaban la configuración y funcionamiento de las organizaciones sindicales, gremiales y de la sociedad civil, alineadas con uno u otro partido. Contribuían a fijar los contenidos editoriales e informativos de los principales medios de comunicación, adscritos a Acción Democrática o a Copei, lo que configuraba un acceso a la información altamente politizado y sesgado.
Este era el retrato de la partidocracia venezolana, vigente entre 1958 y 1998, que cerraba el camino a la participación política a quienes no estaban matriculados en una de las dos grandes formaciones partidistas. Mientras, los miembros y simpatizantes de los partidos con mayores conexiones a las cúpulas gozaban de las ventajas del poder, como las subvenciones de diverso tipo y los beneficios de la corrupción.
La era partidocrática (1958-1998), durante la cual tuvo lugar la bonanza petrolera, fue una época de gasto ostentoso y hasta ofensivo. El “almuerzo adeco”, una jornada de comida y bebida excesiva que se prolongaba hasta la noche, llamada así en referencia al partido Acción Democrática (cuyos miembros se denominaban “adecos”), simbolizó este período de derroche y francachela, cuyas prácticas políticas sectarias y corruptas generaron amplio resentimiento en los segmentos menos favorecidos de la sociedad.
El “caracazo” de 1989 fue la primera gran expresión popular de esta frustración, “el signo trágico del comienzo de la crisis del sistema de Estado de Partidos, seguido de los dos intentos militaristas de golpe de Estado de febrero y noviembre de 1992”, como lo explica el profesor Allan Brewer Carías (Asamblea constituyente, 2013, pág. 42). De allí a la elección del golpista Chávez en 1998 y la subsecuente institución de un régimen crecientemente autoritario, populista y venal, hubo solo un brinco.
“De aquellos polvos, estos lodos”, reza el refrán, y así lo evidencia la actual situación venezolana. Que tomen nota los 18 países latinoamericanos que mantienen, según Freedom House, una u otra forma de democracia, algunas de ellas bastante incompletas y problemáticas.
El autor es politólogo e historiador, y director de la maestría en Relaciones Internacionales en FSU, Panamá.