La democracia panameña está herida de gravedad, el riesgo es inminente. No hay una dictadura militar destruyéndola, pero sí una clase política y unos macrointereses económicos con un exacerbado amor al poder y al dinero, que asustarían al más incauto de los mortales.
Hay una enfermedad incurable que carcome lo mejor de la nación: el futuro. Un rápido vistazo al sistema educativo y al sanitario, a la seguridad pública, a la administración de justicia y a la transparencia, pone ante nuestros ojos un panorama desolador.
Quienes lucharon contra la dictadura confiando en que las imperfecciones del sistema democrático les permitirían a mediano y largo plazo aprovecharse de la ingenuidad que como nación manifestamos, han recogido sus frutos. Nos vendieron, a la juventud de entonces, un proyecto de nación engalanado con la sacrosanta insignia de la libertad y la justicia, cuando en el fondo la realidad actual así lo demuestra, se trataba de un plan macabro para enriquecerse unos pocos y empobrecernos a los muchos.
Toda esta sarta de despropósitos (aunque subyaga un oscuro objetivo de parte de quienes nos roban) nos está llevando a una crisis de modelos, por no hablar de liderazgo.
Existe tal desconfianza hacia todo y todos, que tras tanto discurso vacío de coherencia en las actuaciones nos estamos desviando hacia la incredulidad y el escepticismo, y la historia política reciente de América Latina nos ha enseñado que del escepticismo al pesimismo nacional hay muy poca distancia.
Sin rumbo, sin modelos, sin líderes auténticos, ni en lo social, político, gremial, profesional ni religioso, el grueso de la sociedad no repara en la hora histórica que estamos viviendo: los gobiernos de la costosa democracia se han adecuado perfectamente a la Constitución que antes ellos mismos denominaron antidemocrática, pero es que una vez instalados en el poder, la carta magna les revela como arcano antiguo, los vericuetos en los que se cuece la impunidad, el juega vivo, las componendas, las coimas, el delito, en suma el paso expedito hacia ese paraíso de juerga y poder que parece ser el único proyecto en sus vidas, y que terriblemente va permeando cada vez más el ideario de la gente de a pie, que terminará creyéndose que ese es el bien.
Estamos ante una crisis, y en tiempo de crisis debemos prescindir de todo adorno y concentrarnos en la acción.
Por mi parte, seguiré insistiéndoles a mis alumnos que un Panamá decente es posible y mejor.
El autor es docente de educación media y universitaria