El 27 de enero de cada año se consagra como Día del Holocausto, para recordar a todas las víctimas de los distintos genocidios y a la vez que sirva como viva advertencia a la humanidad para que estos no se repitan. Sin embargo, la realidad es otra. Recuerdo que hace varias décadas, en una exposicion de fotos sobre el infierno del ghetto de Varsovia, conocí a un sobreviviente de Auschwitz que residía en Argentina. El señor, ya mayor, ante mi incredulidad me decía que su mayor miedo era que el Holocausto, con el pasar de los años, se recordara con una nota, al pie de una página, de un libro sobre la Segunda Guerra Mundial.
Estas son las cifras de una encuesta conducida por la European Union Agency for Fundamental Rights. Ella refleja: 40% de los judíos europeos piensan emigrar a Israel o Estados Unidos. 80% de los franceses encuestados hablan de que el antisemitismo ha subido mucho; asimismo, el 40% de los judíos, entre todos los países, de Alemania. Sobre los perpetradores, el 31% no puede identificar quién lo hizo, el 30% dice que son musulmanes, y el 21% afirma que provienen de izquierdistas. Como alega Moshe Kantor, presidente del Congreso Europeo Judío: “Tienen que escoger entre formar parte de la comunidad judía o ser parte integral de Europa. Eso es intolerable”.
El antisemitismo enseña sus garras hasta en la protesta de los chalecos amarillos en Francia, donde se acusa a Macron por ser títere de los judíos. Y no solo es en Europa. En Estados Unidos, en las manifestaciones que sucedieron en Charlottesville el 14 de agosto de 2017, miembros de la extrema derecha marchaban mientras coreaban “los judíos no nos reemplazarán”. Pero la apoteosis fue alcanzada el 27 de octubre de 2018 cuando un hombre llamado Robert Bowers entró en la Tree of Life Congregation (Congregación del Árbol de la Vida), en Pittsburgh, asesinando a 11 en lo que se convertiría en el peor atentado antisemita en la historia de Estados Unidos.
¿Por qué? Una de las razones es como dice Stephanie Graf: “Apunta a la identificación del judío con los poderes abstractos, ocultos y perjudiciales de la sociedad moderna”. O como dice Otto Fenichel: “El antisemita relaciona la crisis económica con un sistema social jerárquico y autoritario”. Sigue, “los judíos representan al mismo tiempo eso en contra de lo que se quiere rebelar”. O como escribe la historiadora brasileña Maria Luiza Tucci Carneiro en su libro Los mitos del antisemitismo: “Los judíos controlan la economía mundial; integran una sociedad secreta (recordar los inventados Protocolos de los sabios de Sión), que controlan”, tras bambalinas, “los medios de informacion y la politica”.
Otra de las causas es como afirma Isaac Querub Caro: “El odio contra el Estado de Israel como nueva forma de antisemitismo se ha institucionalizado”. Vayamos a las Naciones Unidas, donde Israel tiene más resoluciones de condena que países como Corea del Norte, Irán y ciertas naciones africanas, todos juntos. Detrás de todo esto hay muchos países árabes, donde a las masas se les destila un antisemitismo arcaico, como lo es las calumnias sobre el crimen ritual o, para tal caso, el envenenamiento de los pozos. Entre todas las naciones, Israel es la única que no tiene derecho de existir, como lo expresan las ansias aniquiladoras de sus países enemigos.
Tal vez es como vaticina el rabino Abraham Heschel: “El Holocausto no empezó con tanques y hornos crematorios, empezó con palabras malvadas, con lenguaje difamatorio y propaganda”.
El autor es empresario