Una de las cosas que aprendemos temprano es la palabra “maleante”. La Real Academia Española de la Lengua la define en su portal de internet como “persona que vive al margen de la ley, y que se dedica al robo, contrabando”. Google la define en español como “persona que vive de forma marginal cometiendo acciones delictivas de manera habitual”.
Usualmente asociamos esa palabra con ladrones provenientes de barrios populares, que usan la violencia física para robarte un collar, reloj, cartera, celular o carro, ya sea en tu casa o en la calle. La mayoría de nosotros que no tenemos entrenamiento en artes marciales, en contraterrorismo, ni cargamos armas de fuego, preferimos mantenernos vivos y no hacer nada, a pesar de la impotencia que da el ser robado de esa forma. Uno se siente ultrajado, y en el caso de muchos, hay que lidiar con el trauma sicológico de haber sentido en la piel lo punzante de un arma blanca o en la cabeza una pistola. Tristemente, a veces esos robos acaban con la vida de un inocente ser humano porque un perezoso maleante considera que es más fácil ganarse la vida así que con su propio esfuerzo.
Pero hay otra clase de maleantes. Gente muy bien educada en exclusivos colegios privados religiosos de Panamá, y en elitistas universidades del extranjero, quienes es obvio aprendieron nada en las clases de religión y moral que atendieron en sus años mozos. Gente cuyo lema es “la mujer del César no solamente debe serlo, sino parecerlo”. Gente que mata sin hacerte sangrar (al robarse dinero que de otra forma iría a parar a clínicas y hospitales, escuelas y comedores). Gente con la dicha de ser recipientes de un cerebro bien alimentado (está probado que una mala y pobre alimentación a temprana edad afecta el desarrollo intelectual del ser humano) que terminan usando sus privilegiadas neuronas para delinquir.
Más daño han hecho al país estos maleantes educados que de un plumazo o leguleyada le roban al Estado cientos de millones cada cinco años. Excusan su actuar bajo el pretexto de que son astutos empresarios, los tiburones más feroces en un mar lleno de ellos, porque en mi amado Panamá nadie desea ser tonto, y todos compiten diariamente para ser el rey de los juegavivos (hay ya uno destronado y preso en Miami, pero faltan muchos más).
Triste es reconocer que el ejemplo que dan a los maleantes de abajo viene desde arriba. No, no es percepción; es la realidad.
Al maleante de abajo uno le recuerda la cara, uno aprende a ser más cuidadoso o a evitar ciertas áreas de una ciudad. A los maleantes de arriba se les ve impunes por playas y aeropuertos, clubes y fiestas, y hay que aguantarse el descaro con el que se presentan en TV a dar clases de ética o a pedir el voto. Asquerosos que son.
A los maleantes de abajo pido acepten mis disculpas. Los de arriba son peores.
El autor es ciudadano