Cuando se vive en la “era del conocimiento y la información” no solo se está expuesto a recibir contenido confiable y veraz, sino que también se corre el riesgo de convertirse en víctima del charlatán que es experto en difundir información falsa y crear confusión. Aquellos que se sirven de las artimañas que atentan contra la evolución intelectual de la sociedad, cuando son expuestos a una situación que demanda raciocinio y argumentación lógica, se resguardan en su autoproclamada e incuestionable autoridad –como fuente de la verdad– para eludirlos y reprimir a quien piense de forma distinta.
Pero el ego y la fatal arrogancia de estas personas, desafortunadamente, no marcan el límite de sus cuestionables prácticas, puesto que también replican la ignorancia entre los que menos saben, convirtiéndose así en desinformantes o adoctrinadores.
El profesor emérito del Instituto Tecnológico de Massachusetts, Noam Chomsky, ya identificaba el interés oculto de mantener el statu quo de parte del que adoctrina. Para Chomsky ese interés se debe a que ciertos grupos, a los que se les ha reconocido como autoridad o fuente de la verdad, tienen la necesidad de mantener ignorante a “la multitud canallesca”, a fin de que esta se mantenga obediente y bajo su control. A este problema, en su obra El Conocimiento del lenguaje su naturaleza y origen, lo denominó: “el problema de Orwell” y lo definía como: “la capacidad de los sistemas totalitarios para inculcar creencias que son firmemente sostenidas y muy difundidas, aunque carecen por completo de fundamento y, a menudo, contraríen francamente los hechos obvios del mundo circundante”.
¿Puede imaginarse lo catastrófico que sería vivir en una sociedad donde el monopolio de la verdad quede en manos de ciertas personas, cuyo razonamientos llevan a conclusiones preelaboradas y alejadas de cualquier tipo de sentido, lógica o raciocinio? Imagínese vivir siendo esclavo del pensamiento de otra persona, y que esta le diga cómo pensar y a qué conclusiones debe llegar. Aunque pareciera que estuviese relatando un fragmento de una novela orwelliana, nuestra realidad no es muy distante de ella: hoy día se le rinde culto a la personalidad y se ha tomado la costumbre repetir, sin valorar la sensatez de la información que se divulga. El 2+2= 5, del gran hermano Orwelliano, en nuestra sociedad es el equivalente al “porque así me lo dijo determinada persona”.
A pesar de que sea reprochable, puedo entender que una persona desinforme por estar igualmente desinformada, pues nadie está exento de caer en los vicios de la ignorancia; pero quien desinforma a sabiendas porque tiene un interés vinculado con la ignorancia ajena, no solo se convierte en un enemigo del pensamiento crítico y de la evolución intelectual de la sociedad, sino que representa un peligro al ocupar un espacio de divulgación masiva de información. Pero surge la pregunta, ¿quién es el culpable de la ignorancia del desinformado? ¿Es acaso tan responsable el que desinforma como el que se deja desinformar? Yo sostengo esto último, porque concuerdo con el pensamiento de Inmanuel Kant, expresado en su ensayo titulado ¿Qué es la ilustración?, en el que indicaba que “el hombre no sale de su ignorancia, por pereza y por cobardía”; y concuerdo en que es responsabilidad de quien recibe información evitar la pereza, ponderar la veracidad de esta, y separar lo atinado de lo falaz.
En nuestros tiempos, es imperativo combatir el adoctrinamiento y la desinformación, mediante el pensamiento crítico. Pero para ello, es necesario retomar la idea socrática de que el conocimiento no proviene de una autoridad, sino de las profundidades de la consciencia del ser humano. No existirían adoctrinadores y desinformantes, si no hubiese quienes se dejaran adoctrinar o desinformar, pues los primeros perderían toda efectividad ante una sociedad que utiliza su propio raciocinio, como herramienta, para la valoración de juicios.
