La vida diaria en Venezuela va de mal en peor. La actual dictadura chavista insiste en perfeccionarse en su anquilosamiento enfermizo, en su control total, en su incapacidad administrativa, aferrándose al poder sin importar las consecuencias (o importándole demasiado, según se mire), mientras el pueblo, harto ya de pasar hambre, de la falta de medicinas, de no tener salarios decentes, de no poder expresarse sin temer represalias, se la juega todos los días en las calles desde hace cuatro meses haciéndose sentir. La pobreza deprimente a la que ha llegado la patria de Bolívar ha obligado a miles de miles de venezolanos a buscar una nueva vida en una variedad de otros países.
La situación social, política y económica a la que el gobierno represor de Nicolás Maduro ha llevado a Venezuela ha rebasado cualquier tibia semblanza de democracia para convertirse en un escenario diario de incontinencia violenta. El reciente asalto a la Asamblea Nacional de Diputados por los esbirros del chavismo más retrógrado e intolerante es una de las muchas gotas que rebasan el vaso.
Hay diputados y empleados descalabrados, quienes tuvieron que ser internados en hospitales tras retrasarse ex profeso la llegada de ambulancias al recinto por parte de una centena de maleantes chavistas, esos que se conocen como colectivos. Nueve horas de encierro sufrieron dentro de la Asamblea en un asedio vergonzoso, preludio del país totalitario que el régimen del exbusero que habla con pajaritos y del deslenguado exmilitar acusado de narcotráfico en Estados Unidos buscan construir.
Una vez más el régimen autoritario y represivo de Nicolás Maduro muestra el cobre. Sin cumplir con el requisito indispensable de la actual Constitución venezolana de hacer primero un referéndum para consultarle al pueblo si quería convocar a una Asamblea Nacional Constituyente, y yéndose una vez más en contra de la voluntad expresada en las calles por más del 80% de la población y por la Asamblea Nacional, la dictadura ha impuesto su voluntad el domingo 30 de julio.
De hecho, una estadística reciente apunta que solo el 12% del censo electoral votó en esta convocatoria. Pero, por supuesto, una vez más hubo enfrentamiento en las calles; la gente no se queda impasible. El saldo conocido es de 16 muertos en una sola jornada de oprobio. Una auténtica masacre. ¿Quién le devuelve esos muertos a sus familiares, al país? Una de las autoridades responsables tuvo la desfachatez -el cinismo criminal- de comentar que sin duda se trataba más bien de “simples suicidios”.
Desde el primero de abril de este año el chavismo recalcitrante, confrontado con una oposición ciudadana masiva, valiente e incansable, ha sido responsable de 119 muertos y 1007 detenidos (de los cuales 444 presos políticos estaban en las cárceles militares desde antes), además de los cientos de heridos que nunca se contabilizan con exactitud (solo en el estado rebelde de Táchira hubo más de 400 heridos en esta ocasión).
Toda instancia democrática habrá de desaparecer cuando constituyentes radicales como Diosdado Cabello, Cilia Flores (actual primera dama) y Delcy Rodríguez, entre otros, empiecen a suplantar y a perseguir, como lo han anunciado, a quienes hoy protestan desde la Asamblea Nacional legítimamente electa, desde la Fiscalía General de la República (representada por la persona de Luisa Ortega Díaz, quien ha venido denunciando los desmanes antidemocráticos de Maduro) y, por supuesto, desde la más auténtica de las trincheras de resistencia ciudadana: la calle, como sin duda continuará ocurriendo mientras haya vida y esperanza. Porque no es posible cruzarse de brazos y dejar que Venezuela copie el modelo comunista cubano, dictadura longeva en donde un artículo de opinión como este jamás podría publicarse.
Hasta el momento, países como Colombia, México, Panamá, Perú, Costa Rica, Argentina, Canadá y Estados Unidos han declarado que no aprueban la constituyente apócrifa de Maduro. Es de esperarse que otros países hagan lo mismo. También lo han declarado la ONU y la OEA.
Un dato curioso ocurrido el domingo 30 de julio, cuando Maduro se aprestaba a ser uno de los primeros en votar por la constituyente como una forma, según él, de dar el ejemplo, al meter su nombre a la maquinita que estrenaban, esta imprimió el siguiente mensaje: “La persona no existe. O ha sido eliminada”. Ojalá que, premonitorio, el ominoso mensaje sea prontamente atendido por los dioses.
El autor es escritor
