Con la llegada de la temporada navideña y el inicio del nuevo año, quizás no hemos tenido tiempo de pensar en la reciente conclusión del año escolar 2017.
Entre tantos escándalos que durante todo el año han estremecido a nuestra sociedad, alguien habrá analizado lo difícil que debe ser para un educador realizar una de sus tareas sustanciales, como lo es inculcar una gama de valores que le dan identidad y sustento a una Nación.
Solo imaginar que a esas aulas escolares asisten los hijos de muchas personalidades, hoy sometidas a procesos judiciales, porque en el desempeño de sus cargos hicieron o permitieron el asalto a las arcas públicas para acrecentar sus fortunas o para engrosar las filas de los nuevos ricos.
Tenemos que recordar que no se educa en el vacío, que la educación se realiza en un contexto social concreto y que no podemos decir a nuestros hijos, a nuestros estudiantes, a nuestra juventud: “haz lo que yo digo, mas no lo que yo hago”.
Si analizamos, esa errónea premisa es la que prevalece; de allí, que no debe ser extraño para cualquier especialista en materia educativa entender los bajos resultados escolares, que, según dicen los dirigentes gremiales, arrojan las cifras estadísticas que ya se empiezan a conocer.
Los expertos internacionales en materia educativa sustentan que, en el área, Panamá es uno de los países que más recursos económicos invierte en el mejoramiento del sistema educativo. ¿Pero qué explica entonces el elevado porcentaje de fracasos, la existencia particularmente en el interior del país de las vergonzosas escuelas rancho, de las aulas escolares multigrado, de los niños que con el pie descalzo caminan horas por senderos intransitables para acceder a una de las mal llamadas escuelas?
Definitivamente, cada panameño y panameña debería sentir una bofetada en el rostro cuando oye hablar de la danza de los millones que aquí circulan y de qué manera esos millones en alto porcentaje han ido a parar a otros destinos, en el más descarado y bochornoso escándalo de corrupción que ha salpicado y sigue salpicando a todos los sectores de este pequeño país.
En conclusión, la educación en un ambiente de corrupción, está condenada a que sus resultados sigan siendo deficientes, pues los jóvenes estudiantes no se sustraen del espejismo de que hay fórmulas más fáciles, sin quemarse las pestañas, para lograr inmensas fortunas mal habidas.
La autora es educadora jubilada