“¿Qué nos motiva a aprender? ¿Qué está causando que haya cada vez más preguntas sin respuestas en cuanto a la retención escolar? ¿Por qué la beca universal pareciera haberse convertido en una maldición encubierta? ¿Por qué no funcionan como debieran los programas y proyectos educativos?”. Estas y otras preguntas afloran, silvestres, en los espacios de reflexión en los que convergemos a evaluar resultados que no se compadecen con las condiciones objetivas que debieran hacer de la educación en Panamá una de calidad mundial.
En lo técnico, es evidente que se trata de un reto abordable y superable. Con un territorio menor de 80 mil kilómetros cuadrados, 850 mil estudiantes en edad escolar en todo el sistema educativo, el segundo ingreso per cápita más alto de Latinoamérica, y acuerdos nacionales existentes que señalan el rumbo desde hace décadas, la interrogante a hacerse es: ¿qué nos frena?
¿Por qué Panamá se asemeja en los resultados del Tercer Estudio Regional Evaluativo y Comparativo (Terce) del Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad de la Educación (Llece) de la Unesco a Guatemala, Honduras y Nicaragua? ¿Por qué no a Costa Rica y a Uruguay, países con los que tiene similitudes económicas y demográficas?
Recae gran parte de la responsabilidad en sistemas de información desfasados e inexactos y en una obstinada tendencia de los tomadores de decisiones a usar, por años, la corazonada o la percepción para concebir políticas públicas en educación. Es inaceptable que no haya información actualizada del desempeño del sistema educativo. Se hace imperativo impulsar muestras sistematizadas de transparencia y de rendición de cuentas sobre una inversión que representa el 11% del presupuesto general del Estado.
La descarnada realidad es que la inconsistencia entre lo que se dice y lo que se ejecuta es una enfermedad contagiosa en lo educativo. Después de un diálogo tan valioso como el Compromiso Nacional por la Educación, cuyos resultados fueran entregados al Ejecutivo el pasado año en una emotiva ceremonia, parece un contrasentido que el Consejo Multisectorial para la Implementación del Compromiso Nacional por la Educación (Copeme), aprobado en diciembre de 2017 por el Gabinete, hoy no sea ley de la República.
Hay una crisis sin precedentes en educación que se evidencia cuando los diarios de circulación nacional publican que el 65% de los alumnos bocatoreños no se harán acreedores a la beca universal puesto que su promedio no llega a la nota mínima de 3.
¡Despertemos! No seremos un país de calidad mundial sin educación de calidad mundial. Quienes piensen que el Canal ampliado nos acerca al desarrollo, se equivocan. Un Canal ampliado nos hace prósperos, un país educado nos enfila al desarrollo. Min Chen, joven talento panameño de raíces orientales, dijo a una audiencia de cientos de personas que “no estamos ante una era de cambios; estamos ante un cambio de era”, para sentenciar, “nada está garantizado”. En Panamá, pareciera que se tiene la extraña noción de que el mundo nos esperará mientras nos decidimos a salir de nuestra zona de confort.
El mayor riesgo se corre en las escuelas. La deserción escolar es una amenaza real que puede discapacitar a generaciones completas si no se hacen los correctivos correspondientes. Los resultados de las pruebas Crecer demuestran que son justo los estudiantes de las regiones más pobres -quienes debieran recibir la mejor educación- los que tienen los resultados más desalentadores. Las excusas y justificaciones sobran. Es perentorio que se tomen decisiones trascendentales. Hay una emergencia educativa en el país que no se paliará con acciones coyunturales. No se vale mirar para otro lado.
La autora es abogada y miembro de Unidos por la Educación