A la educación de hoy le hace falta alma. Dejemos de preocuparnos por más horas de matemática y español. Si bien es cierto, es de suma importancia que los estudiantes, al finalizar sus estudios, sean capaces de expresarse, escribir, comprender, leer y desarrollar las habilidades matemáticas, como también el pensamiento crítico y el razonamiento, entre otros aspectos, pero más importante es educar para la vida. ¿Pero qué es educar para la vida? Howard G. Hendricks decía: “La enseñanza que deja huella no es la que se hace de cabeza a cabeza, sino de corazón a corazón”.
Si como padres de familia o como docentes, no sentimos pasión por enseñar, la educación queda completamente vacía.
Los niños son como una plantita a quien debemos cuidar para que cuando crezcan, sus hojas estén verdes, el tronco esté firme y el fruto sea de buena calidad. El crecimiento de cada ser humano no es un adorno, es una necesidad.
Hoy debemos caminar juntos por una verdadera educación de calidad, para esto es necesario hacer un alto en nuestra vida, ver de qué forma podemos apoyar a nuestros hijos y estudiantes e ir hacia un nuevo camino, donde educar no sea solo enseñar contenidos. Más que enseñarles a saber conocer, debemos enseñar a nuestros hijos y estudiantes a saber ser y saber aprender a convivir juntos. Logrando esto, vamos a permitir que los mismos sean capaces de dar rienda suelta a su creatividad, que imaginen, que aprendan a aprender, que aprendan a solucionar situaciones, en fin, debemos educar mente y corazón.
La educación es un trabajo en equipo, no podemos trabajar de forma aislada, ni mucho menos querer culparse unos a otros, toda la comunidad educativa debe participar, por esta razón es que necesitamos líderes que amen lo que hacen y que hagan lo que aman, lideres apasionados, que inspiren, optimistas, motivadores, dinámicos, con iniciativa, con originalidad.
Educar desde el ser, exige poder mirar hacia nuestro interior, descubrir la esencia como docentes y padres de familia. Cuando realmente podamos sentir esto, podemos estar hablando de esa magia, de ese placer, de ese disfrute, de esa sensación maravillosa de dar, de servir más que de enseñar y por lo tanto poder conocer la esencia de ese hijo o alumno.
Cuando consigamos llegar al corazón de los hijos y estudiantes, cuando descubramos y dejemos que ellos descubran sus talentos, sus dones y que los puedan desarrollar, podemos saber que vamos hacia el camino del verdadero significado de educar.
Hay que reconocer que el ser humano es un ser integral, con un cuerpo, mente y su alma, por eso es necesario saber que los hijos y estudiantes tienen sentimientos, emociones, pensamientos y deseos fundamentales como: ser amado, ser elogiado, ser reconocido, ser útil y ser libre. Los exhorto a que juntos logremos educar desde el ser, para formar seres competentes que más que querer tener, quieran ser.
La autora es psicóloga