Cuando jovenzuelo, ingresé a mi primer trabajo en Procter & Gamble de México. Me dijeron “te vamos a convertir en un DOER”, o sea, en alguien que ejecuta y no pospone, en un ejecutivo productivo y eficiente . Esa gran lección de vida me marcó para siempre.
En nuestro gobierno, acusado de lentitud, sufrimos las consecuencias de posponer. Proyectos licitados y aprobados que demoran en que llegue la nota del ministerio tal al contratista, creando innecesarios lapsos de tiempo entre la orden de proceder y la ejecución. Y así vemos en las noticias que el río arrastró el viejo puente, o que el carro atropelló a la estudiante, cuando hace mucho se había aprobado un paso elevado. Las excusas de los funcionarios, a todos los niveles, son iguales de posponedoras.
Creo que esta cultura que contraviene el proverbio “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, empieza en el hogar, con padres ineficientes (mujeres que me consultan porque el esposo “no hace nada por el mantenimiento de la casa”) . Estoy convencido de que es una idiosincrasia nueva, pues el panameño no era así. Continúa en las escuelas, donde en vez de impulsar el actuar, se alienta el divagar.
Hemos llegado a vivir acostumbrados a la desilusión, a la espera estúpida de que arreglen las escuelas, aseen los asquerosos baños estudiantiles, controlen infectas heces de las palomas , arreglen los profundos baches en carreteras de uso diario, las fugas de agua potable o servidas, y cumplan con prontitud promesas.
Promovamos la cultura del mantenimiento en el Gobierno, el hogar, la comunidad, el trabajo y las escuelas. Es una infamia que por posponer tareas que urgen resolver desde hace mucho tiempo, en algunos lugares las personas vivan como perros callejeros, cerrando calles para que les ejecuten lo prometido.