En los últimos meses es notoria la preocupación y desesperanza que hay entre los panameños por el futuro del país. El ambiente que vivimos es una novedad para la mitad de la población que no vivió los aciagos años 80 con la dictadura militar. En los 28 años de democracia, a pesar de la corrupción y los vicios de la política, siempre hubo el sentimiento de que podíamos seguir adelante a pesar de las cosas negativas.
En los años 40 y principios de los 50, Cuba era la tacita de oro de la región, y en los 70 y 80, Venezuela fue el país que lideró los índices macroeconómicos de Latinoamérica, al punto que se vaticinaba que sería el primer país desarrollado hispanohablante de América. Nadie en su sano juicio podía vaticinar, en esas épocas, que ambos países caerían en manos de dictaduras totalitarias, que fueron tejiendo la red política, económica y social que les ha permitido mantenerse en el poder indefinidamente.
Panamá ha liderado el crecimiento económico de América Latina en los últimos 12 años y ahora comenzamos a experimentar un claro decrecimiento en sectores claves de nuestra economía como, construcción, comercio, turismo, agro, etc. Comienza a darse un sentimiento de impotencia y de falta de optimismo en la mayoría de los panameños.
Este es el gran peligro que tenemos por delante. De alguna u otra manera, gracias al crecimiento económico experimentado, los panameños mejoraron su nivel de vida y cuando los pueblos comienzan a perder lo que han obtenido, el sentimiento de frustración y enojo aflora fuertemente y toma decisiones radicales, girando el péndulo hacia los extremos. Eso precisamente sucedió en Venezuela.
Nuestros dirigentes políticos no han logrado estar a la altura de las circunstancias. No desarrollaron políticas claras y bien definidas sobre los temas nacionales más importantes. Hoy seguimos rezagados en los temas educación, salud, cultura, deporte, seguridad, participación ciudadana, reformas al Estado, agua, justicia, agricultura, medio ambiente, etc, que junto al bajón económico, son motivos para generar un detonante social. El crecimiento económico de los últimos años ayudó a olvidarnos de esos temas y funcionó como un freno. Ahora las cosas han cambiado y afloran con más fuerza los problemas de siempre.
Durante 2018 me he reunido con diferentes grupos de clase media, profesional y de pequeños empresarios, que nunca han participado políticamente, que espontáneamente han comenzado a reunirse, preocupados por el rumbo del país y por la situación económica existente. A todos les he pedido que me digan una sola propuesta que defina o identifique a los más de 40 aspirantes presidenciales. Todos se quedan en silencio, se miran entre sí y al final la respuesta es la misma, no conocen ninguna propuesta. Preocupante, estando a menos de 10 meses del proceso electoral.
Me he reunido con reconocidos economistas y algunos creen que estamos lejos de tocar fondo y que ningún aspirante presidencial evitará caer aún más y que la crisis social y económica es inevitable. Inclusive, llegan a afirmar que los cambios profundos que requiere el país solo podrán hacerse en una situación de crisis, donde los grupos de poder y los sectores con intereses creados estén debilitados.
Comprendo y comparto la preocupación por nuestro futuro y creo que a pesar de todo, tenemos un país con excelentes oportunidades. Rectificar el rumbo es imperante e impostergable. Convencido estoy de que el cambio primordial que necesitamos es elegir gente buena, con reconocidos valores cívicos y morales, con un deseo genuino de transformar el país en aras del bien común y fomentando la dignidad humana. El año 2019 será un gran reto para todos y votar inteligentemente es necesario. Quizás sea la última oportunidad que el destino nos brinde para hacer las cosas correctamente.
El autor es abogado
