Hace unas semanas, en un vuelo camino al taller “Desarrollo en transición. ¿Qué sabemos y aún nos preguntamos?”, al que fui invitada a participar por la Cepal, me encontré dos artículos en la revista de la aerolínea, los cuales me sorprendieron y, sin esperarlo, sirvieron de insumo para mi intervención durante el taller.
El primer artículo, titulado “El barrio San Francisco: hub de la gastronomía creativa panameña”, reconoce “la interculturalidad de las recetas, el privilegio de los dos océanos y la diversidad de ingredientes locales” de los restaurantes de este barrio, vinculándolo a la designación de ciudad de Panamá como Ciudad Creativa de la Unesco en 2017, pasando de food trucks a mercaditos de productos orgánicos; de mezclas de café de Boquete y Volcán, a cervezas artesanales hechas en Panamá.
El segundo, titulado “De vuelta al campo”, hace referencia al Plan de Desarrollo Integral de los Pueblos Indígenas, liderado por el Ministerio de Gobierno (Mingob), como marco orientador de una alianza entre la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Seguridad Alimentaria, por sus siglas en inglés) junto al Ministerio de Desarrollo Agropecuario (MIDA), para asesorar a familias de comunidades indígenas sobre cómo cultivar de mejor forma productos tradicionales de su dieta. En este artículo, Tito Díaz, coordinador subregional de la FAO para Mesoamérica, subraya respecto al Plan de Desarrollo Integral de los Pueblos Indígenas, que representa “una agenda muy fuerte” por el hecho de haber sido construido con la activa participación de los pueblos indígenas y el Gobierno.
Dicho plan aborda temas de infraestructura, servicios básicos, seguridad alimentaria y desarrollo económico, armonizado con la cosmovisión de cada pueblo; algo sin precedentes en Panamá y la región de América Latina y el Caribe, tal y como ha sido reconocido por Jorge Familiar, vicepresidente del Banco Mundial.
Seguro se preguntarán de qué manera se interrelaciona la idea de “desarrollo en transición”, con la oferta gastronómica del barrio de San Francisco y la mejora de cultivos en áreas indígenas. Antes de hacer la conexión, permítanme introducir brevemente el concepto de “desarrollo en transición”. Según Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Cepal; Stefano Manservisi, director general de Cooperación Internacional y Desarrollo de la Comisión Europea, y Mario Pezzini, director del Centro de Desarrollo de la OCDE, la realidad mundial demanda de un cambio en la forma de entender la política para el desarrollo, partiendo de la evidencia de que el crecimiento económico de un país no va necesariamente acompañado de mayor bienestar para todos sus ciudadanos; lo que es particularmente evidente en países que hemos alcanzado un mayor nivel de renta, pero en los que persisten desafíos relacionados a la desigualdad, pobreza, vulnerabilidad, entre otros. Por ende, debemos “transitar” hacia un modelo de desarrollo desde una perspectiva multidimensional, que vaya más allá de las mediciones exclusivas en función del ingreso.
Desde esta perspectiva multidimensional del desarrollo, la cultura ocupa un lugar importante, siendo la gastronomía de los pueblos una expresión viva de sus tradiciones, de su historia.
A mi juicio, una de las fallas del modelo de desarrollo actual, particularmente en América Latina y el Caribe, ha sido la insuficiente consideración que políticas, estrategias e intervenciones dan a la multiculturalidad e interculturalidad de nuestros países, tanto en su diseño como en su implementación. “El barrio San Francisco: hub de la gastronomía creativa panameña” evidencia con claridad cómo el aprovechamiento de lo local activa un círculo virtuoso que impulsa el desarrollo de productores y comerciantes; inyecta a la economía y promueve una producción y consumo responsable con el ambiente, lo que se relaciona perfectamente con el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
Por su parte, “De vuelta al campo” descansa sobre una buena práctica que no ha sido necesariamente la tónica de las políticas de desarrollo: la participación activa de los beneficiarios de las políticas en el diseño e implementación de las mismas.
Es muy común entre los hacedores de política caer en la falsa creencia de que estudios o altos cargos en gobiernos y organismos multilaterales, acompañado de algunas vistas de campo, son suficientes para entender determinada realidad social. Lo cierto es que nadie conoce mejor la realidad que quien nace en ella y la experimenta diariamente; y su perspectiva resulta indispensable en el diseño de soluciones, las cuales deben ser implementadas en corresponsabilidad.
Esta, a su vez, es la mejor manera de garantizar el respeto a la cultura y cosmovisión de los distintos pueblos, y al mismo tiempo aprovecharla como un motor de desarrollo y crecimiento económico.
Los dos artículos mencionados son ejemplos claros de estrategias de política pública que debemos promover para conectar los tres pilares de la Agenda 2030: social, económico y ambiental, y avanzar hacia un modelo de desarrollo que vaya mucho más allá de producto interno bruto (PIB) per cápita y del crecimiento económico, los cuales son importantes, pero insuficientes a la hora de hablar de desarrollo desde una perspectiva integral. A su vez, hacen evidente la importancia de la interculturalidad y multiculturalidad como ejes trasversales a los ODS, con un enorme potencial inexplorado en nuestro país.
La autora es ministra de Desarrollo Social.
