Los días recientes han sido testigos de efervescente actividad a través de los medios de comunicación en razón de las intenciones de construir la Embajada de la República Popular China (RPC) en Amador. El revuelo causado por dicha demanda es tal, que ha desnudado las posturas ocultas de un sector que favorece el reemplazo de la bandera panameña, por el emblema nacional de la RPC en la entrada o desembocadura del Canal. Este último, con la intención de confundir a la opinión pública, ha esgrimido el “argumento” de que no se debe permitir la presencia de ninguna embajada en las áreas revertidas (Clayton), como si el cuestionamiento fuera la construcción de la embajada en las áreas revertidas y no en las entradas o desembocaduras del Canal.
Precisamente, tal objeción se plantea en virtud de la velada intención de sus promotores, de enviar un mensaje distorsionado a los pasajeros de los buques que transitan el Canal, en el sentido de hacerles creer que el Canal de Panamá tiene nuevo dueño, que no es ni estadounidense ni panameño, sino chino.
En otros términos, la intención es producir el mismo efecto que se produce a los millones de turistas que frecuentan nuestro país, los cuales al visitar el obelisco, construido por Taiwán en el lado oeste del puente de las Américas y encontrarse con semejante estructura y motivos chinos a su alrededor, se van convencidos de que el Canal fue construido por los chinos y no por la mano de obra caribeña traída al país, por los Estados Unidos, que en todo caso, son los merecedores de semejante reconocimiento.
Es incuestionable que si el tema de la ubicación de la embajada no involucrara a China, sino a cualquier otro país, la repulsa fuese unánime, sin embargo, como no se trata de cualquier país, sino del que tiene la súper chequera, entonces la cuestión se resume a un simple problema de dinero fácil, que impide que a China se le pueda hacer un desplante.
Ese es, y será de ahora en adelante, el prisma con el que hay que ver todos los problemas que se deriven de las relaciones con ese país, donde siempre pesará sobre el interés nacional el interés del presidente de turno, el interés de los grupos económicos a su alrededor, además del interés político de sus nuevos aliados, practicantes de la yanquifobia; ideología que siempre los ha distinguido, y que sacaron a flote cuando en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, apoyaron al gobierno filonazi panameño de la época, que esgrimió la proclama de neutralidad aprobada por la Unión Panamericana, como argumento para negarse a artillar los barcos de la marina mercante nacional contra Alemania. O cuando Hitler invadió Polonia, arrasó Francia y bombardeó Inglaterra, porque ello significaba que la siguiente víctima sería Estados Unidos, hasta que se produjo el ataque a la Unión Soviética y se gestó la alianza entre la URSS y Estados Unidos, y les reventó el globo en la cara.
No es de extrañar, entonces, que sea esa la misma postura que adoptaran, ante un eventual conflicto entre China y los Estados Unidos, basados en la premisa de que como quiera que la RPC apoyó a Panamá en la Reunión del Consejo de Seguridad realizada en Panamá (1973), entonces hay que complacer en todo a ese país, al punto que su bandera reemplace a la nuestra en la entrada o desembocadura del Canal, como si tal apoyo se hubiese dado por que era Panamá; y no porque se trataba de votar contra los Estados Unidos, fuese este el Estado que fuere, como ciertamente fue la lógica de tal apoyo, ello es contravenir de cualquier forma a los Estados Unidos.
Lo extraño de todo este escándalo es la tozudez de intentar forzar una medida de esta naturaleza, en un área con vocación turística, de tráfico tan denso que incluso ha obligado en dos ocasiones a ensanchar la calzada de Amador y que no permite a ninguna representación diplomática las condiciones mínimas de seguridad.
En consecuencia, si la descabellada idea fue obra del gobierno, para congraciarse con China, el mismo estará obligado a desdecirse del compromiso comentado, tal y como ha tenido que hacer con la publicación de los tratados negociados con China, ante la exigencia de transparencia. Si por el contrario, fue obra de la Embajada china, me temo que confunden a Panamá con Hong Kong, Macao o algo parecido, al no calibrar lo absurdo de su pretensión.
El autor es profesor de Relaciones Internacionales de la UP.