Un movimiento que dice representar padres y estudiantes preocupados con el supuesto grado de contaminación político-ideológica de las escuelas brasileñas está tomando fuerza en este país suramericano en los últimos meses.
Sus propulsores afirman que un ejército organizado de militantes disfrazados de profesores defiende la libertad de cátedra y que se vale de una “cortina de secreto de las salas de clases”, para imponerles a los alumnos su propia visión del mundo.
El movimiento mantiene una página en internet en la que recoge testimonios de estudiantes que tuvieron o aún tienen que soportar la militancia político-partidaria o ideológica de sus profesores.
El sitio también respalda blogs que analizan el contenido de algunos libros didácticos y da soporte a personas interesadas en accionar la justicia contra actitudes de profesores en el aula.
En la actualidad, hay varios proyectos de ley en Brasil en trámite en las cámaras municipales, asambleas legislativas y en el congreso nacional que hablan sobre los derechos y deberes de los profesores dentro del aula, los derechos de los padres en la decisión sobre el contenido de la educación de los hijos y reglas para la definición de libros didácticos que serán adoptados por las escuelas.
Para los defensores del movimiento, el proyecto de ley de la “Escuela sin partido” pretende especificar los límites de la actuación de los profesores, impidiendo que ellos promuevan sus creencias particulares en el aula, inciten a estudiantes a participar en protestas y denigren a los alumnos que piensen de forma distinta.
La polémica en torno a este proyecto de ley involucra diversos factores de orden jurídico, político, social y educativo, los que lo apoyan y sus críticos debaten si este infringe o no la Constitución, si es posible enseñar con neutralidad y hasta qué punto la educación familiar debe tener influencia en la enseñanza escolar.
Para los profesores esto no es otra cosa que una “ley mordaza”, que intenta controlar lo que se puede o no decir en el aula y confunde a la población cuando se dice que es posible enseñar sin ideología.
El niño va a la escuela porque la educación en casa es insuficiente, él necesita convivir con otras visiones del mundo. Si la escuela refuerza solo los valores de la familia, limita la oportunidad de vivir con otras creencias y valores. Uno de los riesgos de la “Escuela sin partido” reside allí, si la escuela es “neutra” y meramente una extensión del espacio doméstico, no formará individuos más capaces de lidiar con el mundo que es complejo. Las contradicciones deben aparecer para formar ciudadanos más tolerantes. La escuela es una institución social, construida por siglos, que siempre ha sido abierta, clara, y que debate ideas, comparte conocimientos, enseña a confrontar. Una escuela neutra, sin opiniones, no existe.
La autora es periodista y escritora