Me hincho de alegría cuando recibo una llamada o un correo de un docente para invitarme a su escuela, donde se ha organizado un círculo de lectura. Me llena de regocijo compartir lo que he aprendido con humildad sobre la lectura, pero me gozo más al descubrir las experiencias de lectura que tienen los chicos y su encuentro con los libros.
Hace poco visité el Instituto América, donde el profesor de historia Rommel Escarreola Palacios ayudó a los estudiantes de su curso a organizar un círculo de lectura. Al finalizar la clínica les conté una historia a los jóvenes que suelo usar para cerrar mi exposición y que me sirve para demostrar cómo las historias pueden habitar silencios y llenar espacios.
Estos espacios interiores que habita la literatura (y casi todo lo que transmite cultura) no necesariamente se llenan con certezas, también se cubren con incertidumbres. La cultura, el arte y la literatura deben servir para ayudarnos a interrogar la realidad y dudar de las certidumbres que muchas veces nos hacen prisioneros de opresiones que no vemos.
La lectura de literatura nos ayuda a saber pensar, hablar, cuidar, sentir y a tomar mejores decisiones. Tal vez por eso los políticos, los malos políticos, no legislan para la cultura, porque a la hora de ir a las urnas un ciudadano lector sabrá elegir mejor.
“Si hay algo a lo que temen todos los gobiernos autoritarios es a un lector”, nos dice Benito Taibo. Y demos por hecho que esto no solo aplica a dictadores de uniformes; también los gobiernos elegidos en democracia no apuestan por la cultura porque la piensan como algo inútil que no contabiliza y que es un riesgo para sus intereses.
La lectura sirve para habitar espacios que nos ayudan felizmente a interrogar y dudar de las cosas que andan mal y que necesitan de una idea o un pensamiento creativo. Pero en Panamá las políticas culturales de lectura no han encontrado un espacio para acercar a la comunidad a la cultura; un derecho que es de todos.
El autor es escritor y promotor de lectura