La locución latina se refiere a la proximidad de la muerte de una persona y acciones que se toman con relación a ese inevitable suceso.
Es posible, desgraciadamente, que sea el caso de España, joya cultural de la civilización occidental, hoy devorada por sus malos hijos, como se dice de los alacranes.
El primero de octubre próximo se celebraría un referéndum en Cataluña. Referéndum del que las autoridades catalanas esperarían la aprobación popular para separarse de España.
El Tribunal Constitucional del reino desaprobó el referéndum, pero eso no le preocupa a Carles Puigdemont, líder de la causa separatista.
Llama la atención ese espíritu tribal moderno, denunciado hace medio siglo por el filósofo de la comunicación McLuhan, como una de las modalidades culturales modernas, que calificó como de vuelta al remoto pasado, anterior a la invención del alfabeto y la comunicación escrita, que hicieron posible que las tribus, de cultura oral, se asentaran en poblaciones y dieran origen a la civilización.
La preponderancia de la comunicación audiovisual relega la impresa y da origen a lo que llamó una “aldea global”, tribal, hoy dañada más por las ideologías “progresistas”.
Puigdemont apunta a la desintegración de la España que debería sentirla como su patria. Pero no entiende.
Su acción tiene todos los visos de traición y felonía.
Pero esas acciones políticas ocultan su perversidad en una cultura impregnada de relativismo y la ideología de género, que subordinan la verdad a la ideología.
El autor es periodista