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BANDAS INDEPENDIENTES

Expresión incomprendida

Me descubro ante la autenticidad patriótica de bellas marchas centenarias, La bandera, Ring and Bells, La marcha Panamá, interpretada por bandas de música tradicionales de lustrados instrumentos. Evocan una tradición europea y estadounidense que nos llega a través de lo militar. Para los muy conservadores, hasta allí llegan los límites de lo que suele llamarse música patriótica.

Otros incluyen en lo patriótico, melodías populares. La más sonada, una de profunda lírica, “Los sentimientos del Alma” de la autoría de Francisco “Chico Purio” Ramírez (1928). La escuchamos en un arreglo evocador del panameño Julio Zamora que interpreta incluso, la Banda del Ejército Colombiano. Se ha vuelto un obligado, “Patria” de Rubén Blades, mejor si con arreglo de otro bombero, Armando Villa.

Cuando transitan por mis oídos las voces expresivas de las del Colegio Francisco Beckman, Isabel Herrera Obaldía, o las justamente multi premiadas e internacionales, las chorreranas del Moisés Castillo, y Pedro Pablo Sánchez, mi interior estalla en aplausos. Me estremece el correcto sonido que propone la pequeña, pero muy atildada con sus xilófonos, del colegio Las Esclavas.

Mis emociones quedan a punto del desborde cuando las del Tejada Roca de Las Tablas y su trabajado sonido de sala de concierto, y la vigorosa propuesta del José Daniel Crespo, retumban en los añejos tejados en calles coloniales de La Villa y Parita.

Por su parte, las bandas independientes encajan el antológico rechazo del sistema a lo novedoso. Por más de una década, vengo guerreando a través de estas páginas de La Prensa con un Mineduc que resiste abrazar y orientar un fenómeno cultural que exige su derecho a expresar el orgullo del barrio. Luego de, hasta encarcelar a la dirigencia, a partir de la ministra Lucy Molinar, actúa más civilizado.

Ante las cuatro décadas de la Búho de Oro, El Hogar, ante Panamá 2000, despejo el alma para que aquellas marchen en solitario en mi interior, y así encajar toda la fuerza de la percusión y clarines llameantes en sus sobreagudos. Revuelvo la mirada para regresar del embeleso a tierra, y volver a vivenciar que “Patria, son tantas cosas bellas”.

La lista de absurdos es larga. El Ministerio de Educación reprime el erotismo de las cinturas insinuantes de chicas marchantes, sus escotes profundos y fogosos labios rojos. Ni qué decir de la censura homofóbica con aquellos besos prohibidos que sueltan malabaristas batuteros androgénicos, como si la sexualidad atípica fuera contagiosa.

Han prohibido lentes oscuros y el tirar bombos al aire. Dedicaron toda una cruzada contra melodías de claros dejos reggaes y otros géneros juveniles, por más creatividad que exudaba la adaptación a la sonoridad limitada de clarines.

Mientras el cuadrado Mineduc perseguía la ruptura generacional, un enorme tsunami de identificación se levanta con la propuesta disruptiva. La algarabía juvenil callejera muestra su complicidad con una expresión elevada a heroicidad por mismos quienes la persiguen. Al atacarlos con alevosía y ventaja, los equiparan a rockeros y tangueros. Igual intentaron borrar una contestación innovadora en su erotismo zafado, a punta de palos, censura y cárcel.

En los últimos años, la inclusión de lo popular en el repertorio que permea incluso hasta las tradicionales impuso toda una tendencia imparable. Costa Rica, por ejemplo, importa el concepto de Banda Independiente.

Nunca, autoridad sacrosanta alguna ha pedido perdón por tanta barbarie contra la propuesta evolutiva de quienes, por cuatro décadas, marcan la pauta. Hoy mira para otro lado como si su credibilidad como custodio de buenas costumbres no urgiera resucitación. No encuentran mejor camino que enfocar el problema en los contoneos, acrobacia de bombos, besos prohibidos y largo de faldas.

Cuando el barrio marcha, desfila una esencia compleja de rasgos decadentes, las mismas lacras que el sistema incita, revuelta con expresiones evolutivas. Difícil separar unas de otras. Sin embargo, cuando las autoridades dan rienda a su represión monocolor no visualizan qué significa evolución y qué la contaminación del descarrío.

El autor es  investigador social y músico


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