La fundación del Estado nacional panameño a principios del siglo XX dejó planteados conflictos cuya resolución se proyectaría durante todo el siglo. Uno de los problemas apenas mencionado en los libros de historia es que el sistema político republicano excluía a la mitad de la población, la femenina, pues las leyes electorales le negaba sus derechos políticos.
Sectores del liberalismo y del movimiento obrero, en la segunda y tercera décadas del siglo, consideraban que la incorporación de las mujeres a la vida política debía ser uno de los pilares de la democracia del país. Los conservadores, salvo excepciones, se oponían. Las opiniones acerca del papel de las mujeres en la política eran (y es todavía) un indicador fundamental de cómo concebían todos ellos la democracia.
Pero un grupo de mujeres educadas y partícipes de las ideas feministas de la época tuvieron una visión distinta y construyeron su propia voz y opinión, escribieron en la prensa, formaron organizaciones diversas y así fue como nació el movimiento feminista en 1923.
Surgieron dos corrientes ideológicas y dos organizaciones: el Partido Nacional Feminista y la Sociedad Nacional para el Progreso de la Mujer, ambas en 1923. Todas sus militantes fueron transgresoras, visionarias y luchadoras, aunque de diferente manera, pues mientras unas abogaban por mejoras dentro del orden establecido y posponían el sufragio femenino hasta que las mujeres “se educaran”, las del Partido Nacional Feminista exigían sus derechos de inmediato y pretendían profundas reformas sociales para las mujeres y para la población más necesitada, campesinos, obreros, indígenas, población infantil. Las mujeres organizadas no fueron un grupo homogéneo y sus proyectos políticos diferían en sus objetivos y formas de lucha.
Muchas décadas después, en vísperas de las elecciones de 1968, Clara González, la fundadora del Partido Nacional Feminista, escribió un artículo en el que hizo un balance de la participación de las mujeres en la política nacional en las dos décadas transcurridas desde que en 1945 pudieron ejercer el derecho al sufragio.
Se preguntaba qué habían hecho las mujeres por el país y qué había hecho el país por ellas. Para ella, a pesar del progreso de Panamá, la extremada desigualdad social resumía el fracaso de las políticas llevadas a cabo y era el resultado de la corrupción del sistema clientelista y desideologizado de la política nacional. Frente a ese panorama, las mujeres habían actuado de dos formas: unas se integraron en el sistema político imperante, o porque habían aprendido a jugar el juego de la corrupción y perdieron sus ideales (las que alguna vez los tuvieron) o bien porque la ignorancia las hacía presa fácil del sistema. Otras, las más preparadas y conscientes, se habían sumergido en el trabajo, demostrando su valía, en proyectos de reforma y mejora del país, pero desorganizadas y atomizadas, desanimadas al ver las dificultades que enfrentaban y el nulo reconocimiento a su labor. Ninguna llegó a tener poder suficiente para impactar en la política nacional, el poder político quedó fuera de su alcance porque, se preguntaba, ¿cuántas mujeres presidentas, ministras, en cargos directivos y de poder real hemos tenido en estos años? La respuesta obvia era que las mujeres habían sido comparsas necesarias en el baile de la política, pero nunca protagonistas ni directoras del proceso.
Concluía su reflexión escribiendo, anticipándose a los hechos, que las mujeres deberían accionar desde sus propias organizaciones (ya no es posible aplazarlo por más tiempo, decía), solo tienen que organizarse en un solo haz de fuerzas y de voluntades firmes para luchar por un porvenir mejor. Cuando ello ocurra, el voto femenino no constituirá una duplicación del voto masculino ni será una actuación anodina, sino el desarrollo de una ciudadanía consciente, influyente. Probablemente no recordaba en esos momentos las profundas diferencias que existieron en el seno del movimiento feminista y que con seguridad hubieran resurgido en la coyuntura política de 1968, y en cualquier otro momento.
La autora es docente universitaria. Editor Ricardo López Arias
