El pasado 9 de abril, los pueblos recordaron el vil asesinato de uno de los líderes sociales más trascendentes de América Latina y el mundo, fraguada en las sombras tenebrosas de los intereses creados en una componenda interna e internacional, como ha sido denunciada por su hija Gloria y por analistas políticos de varios países americanos y europeos. Gaitán desertó del Partido Liberal colombiano decepcionado por su inacción y por el contubernio de sus dirigencias con el Partido Conservador de ese país. Por ello, los definía como “son los mismos con las mismas” y así sigue siendo. La historia continúa repitiéndose en la mayoría de países americanos en unas descaradas “alianzas” en las que se negocian prebendas con los dineros del pueblo.
Gaitán nunca fue populista o fascista, tampoco comunista, como se ha querido hacer ver para tratar de desacreditarlo. Fue un auténtico líder revolucionario por los derechos de los pobres. En el desarrollo de esos hechos, el presidente López Pumarejo abandona el poder por una denuncia manejada estratégicamente por el conservador Laureano Gómez y su coro de vende patrias como Alberto Lleras C., a quien se le atribuye haber entregado la riqueza petrolera de ese país a consorcios internacionales. Algunos de los cercanos copartidarios de Gaitán le advirtieron que no lo dejarían ejercer la presidencia. Al resultar electo Mariano Ospina Pérez, ante el escenario político llamó a un supuesto gobierno de “unidad nacional” en 1946.
En las sombras se preparaba el escenario para el asesinato. La llamada “Marcha del Silencio” marcó un hito en América Latina, no solo por los miles que la integraron, sino por la disciplina que les había diseñado el líder auténtico del pueblo colombiano. Allí le pidió a Ospina Pérez respeto para el pueblo. Al ver la fuerza gaitanista en las calles, escasos días después, el 9 de abril de 1948, se consuma el planificado crimen contra Gaitán. A quien le atribuyeron los disparos se negó a decir quiénes se lo ordenaron. Molido a golpes, falleció. En esos días se realizaba en Bogotá una reunión de la Conferencia Interamericana –de naciones -. Era parte del plan. Quienes planificaron el crimen, -nacionales y extranjeros- quedaron cubiertos por un manto de secretismo e impunidad.
La gigantesca protesta popular no se hizo esperar. Hubo centenares de muertos. Tanques de guerra custodiaron la Presidencia de la República. La multitud reclamaba la presencia de los “líderes” del liberalismo: no aparecieron. Estaban reunidos o en comunicación con los líderes del conservatismo. El laborioso, creativo y noble pueblo colombiano empezó y continúa padeciendo la más cruel, injusta y absurda de las situaciones sociales de desigualdad, donde el 82% de la tierra del país se encuentra en poder del 10% de un grupo de privilegiados que se la han apropiado. A pesar de los acuerdos de paz firmados en La Habana, que le merecieron al presidente Santos un Nobel de la Paz, estos no se cumplen y cada día se denuncian asesinatos de líderes sociales y activistas. Más pueden los intereses económicos que se derivan de esta guerra fratricida.
El pueblo colombiano continúa su vía crucis con más pobreza, desplazados y parias por el mundo. Están por verse los resultados de las ya cercanas nuevas elecciones. La causa que defendió Gaitán continúa y trasciende fronteras, habiéndose logrado avances en algunos países de América Latina, aunque los enemigos de la justicia y la equidad mantienen sus garras en la carne de los pueblos alrededor del mundo, y los corruptos de la política se mantienen en el enriquecimiento ilícito, así como los expansionistas no ceden en sus afanes asesinando inocentes indefensos. Los apetitos son voraces y no tienen escrúpulos para lograr sus fines. No obstante, la justicia de lo alto llegará.
El autor es analista internacional

