Nos llena de satisfacción encontrarnos con hombres y mujeres que son modelos de entrega y dedicación. Se levantan cada mañana afanados por reflejar con claridad la bondad que llevan en su ser. Viven de principios éticos universales que rigen la naturaleza misma del hombre. Superan la medida de la gente buena y se convierten en extraordinarias personas.
Son gente que todos los días, desde lo pequeño y sencillo, trabajan edificando un Panamá en equidad, tolerancia y respeto a la singularidad del otro. Detrás de las personas con un alto sentido ético existe una fuerza positiva que se indigna ante la injusticia, la manipulación de las conciencias y la hipocresía.
Los grandes movimientos de cambio social han sido conducidos por líderes de probada solvencia moral. No entendían las luchas desde los discursos de barricadas ni hacían de sus puntos de vista murallas impenetrables. Los líderes que no saben mostrar los principios que sostienen los cambios terminan como revolucionarios, provocando una tras otra contrarrevolución.
Ese hombre llamado Jesús de Nazaret fue extraordinario. Denunció, con energía, la visión tergiversada de Dios que procedía de las autoridades religiosas; las mesas que los negociadores de la fe mantenían dentro del templo las tiró y recriminó el mercantilismo espiritual. Al político que ha hecho mancuerna con el poder religioso le llama “zorro” y lo baja de la nube de querer politizar a Dios, y cuando alguien quiere cuestionar que su discurso es demagogia pide a Pedro pagar sus impuestos ante el César. El desenlace de su vida, morir crucificado, es lo que a muchos no les cuadra. ¿Qué paso con todo lo que empezó?
Hoy día, ese movimiento empezado por Jesús contabiliza un poco más del 30% de los habitantes del mundo. Nos hacemos cristianos no tanto por los principios éticos que rigieron su vida, nos motiva más bien, su entrega total que rompió paradigmas existentes. Encontrarnos con ese Jesús nos cambió la vida.
Volvamos al principio. El primer equipo de Jesús fue un modelo de comunidad en medio de las diferencias. Entre ellos se va forjando un verdadero humanismo que educa en la libertad y no permite el adoctrinamiento ni la violencia a la voluntad.
No debemos contraatacar al hombre contemporáneo que visualiza nuestra hipocresía y nos la echa en cara de forma hiriente y sin filtro. No podemos tachar de infundado su planteamiento por el solo hecho de que se autoproclame sin dios. En el fondo nos está diciendo: “ustedes se dicen cristianos y se han alejado de Jesús”.
