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Guayacanes en flor y los controles contra la corrupción

Guayacanes en flor y los controles contra la corrupción
Guayacanes en flor y los controles contra la corrupción

Japón atrae miles de turistas al año con el Hanami, una fiesta para celebrar el florecimiento de sus cerezos al inicio de la primavera. Es un espectáculo memorable. ¿Por qué Panamá no puede atraer turistas para que admiren sus guayacanes en flor? También es un ¡espectáculo memorable! En Mangahurco, provincia de Loja en Ecuador, esto no solo se celebra con el apoyo oficial, sino que lo complementan con muchas iniciativas para mantener al turista unos días más. Es un éxito.

Lo mismo podría suceder aquí con el avistamiento de miles de tortugas recién nacidas rumbo al mar; el avistamiento de ballenas y delfines y otros tantos atractivos sin igual que Panamá ofrece, tanto en el lado Atlántico como el Pacífico.

El cruce anual en bicicleta, de océano a océano, llamado el Gran Fondo, es único en el mundo. ¿Por qué no promoverlo a nivel internacional con la ayuda de la empresa privada que lo organiza ahora? O el de montaña por La Garterita y Arenosa? Y con reabastecimiento de piña panameña.

Con tantas oportunidades turísticas por aprovechar, es obvio que se requieren expertos en esos atractivos, con capacidad para organizar tales eventos. Eso es vital para que se riegue la voz por el mundo de lo que ofrece Panamá, pero el Gobierno no tiene capacidad de organizarlos solo. Necesita expertos locales e internacionales.

Desafortunadamente, uno de los tantos efectos corrosivos de la corrupción es que todos desconfían de todos y piensan que, con imponer niveles adicionales de controles burocráticos, decretos, formularios y timbres se logra eliminarla, cuando sucede justamente lo opuesto.

Recientemente, la Contraloría dejó de refrendar el pago de un evento realizado por la franquicia Ironman. Luego de hacerse público el asunto, una encuesta no científica hecha por el diario La Prensa, reveló que el 60% de los que contestaron apoyaban a la Contraloría, repitiendo el argumento de que pagarle a una empresa privada extranjera para ayudarla a promover un deporte elitista era un malgasto de recursos, sin importarles que –en el gran total– el país perdió y que la medida contribuyó con dos manchas más al nombre de Panamá: una por no honrar un compromiso adquirido, y otra por mala paga. Si esa es la visión, ¿se atreverían a no honrar los préstamos internacionales que financiaron obras corruptas?

Darle cuerda a esos discursos populistas contra la empresa privada y contra los extranjeros es –además de la corrupción– otro lastre que impide que el crecimiento económico le llegue a todos.

Es cierto que ese contrato con Ironman tenía cláusulas leoninas, pero según una investigación periodística, los dueños estaban dispuestos a renegociarlo, sin embargo, nunca les dieron cita. Su gran interés era asegurar que aquí se replicara el mismo éxito de otras latitudes. Igual que la Fórmula Uno. Son franquicias privadas muy exitosas y únicas.

Entonces, surgen más preguntas: ¿Quién debe negociar los contratos, el Ejecutivo y sus ministerios o la Contraloría? ¿En quién debe recaer esa responsabilidad? ¿Puede la Contraloría especializarse y asumir esas responsabilidades? Se requiere iniciativa e imaginación.

Con la cancelación del Ironman, Panamá dejará de recibir anualmente al menos mil triatletas aficionados de buenos ingresos, que vienen acompañados de tres o cuatro familiares y amigos, quedándose en el país entre cinco y siete días. Traducido a lenguaje sencillo: Panamá perderá una ganancia importante. También se ha perdido la posibilidad de que cientos de triatletas vengan a Panamá para aclimatarse al calor, la humedad y el viento antes de irse a Hawái y, probablemente, no se establecerán centros deportivos de alto rendimiento que, también, ayudarían al deporte local.

La idea recién aprobada de establecer un Fondo de Promoción del Turismo es excelente, pero deberá definirse claramente el rol de la Contraloría. La protección a los dineros públicos es su obligación. Por eso, la homologación de los términos contractuales y el control posterior deberían ser suficientes. Adicionar controles no elimina la corrupción y cercena las buenas iniciativas.

Solo la confianza, por un lado, y la certeza del castigo, por el otro, lograrán solucionar el problema, pero eso aún está lejos de lograrse. Quizás habría que iniciar invirtiendo más en justicia y educación. Lo que no se debe hacer es privar al mundo de ver los atractivos que Panamá ofrece.


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