Nos golearon, nos ganaron, y aun así celebramos. Los panameños tenemos el corazón hinchado por un motivo. Con el apoyo a nuestra selección en las buenas y en las malas, vivimos el sentimiento más puro del que es capaz el ser humano: el amor incondicional.
El sentimiento de unidad y compañerismo que vivimos los panameños con la participación de nuestro país en el Mundial es algo que probablemente no habíamos experimentado desde el grito de independencia. La experiencia se sintió como una bocanada de aire fresco en medio de una tempestad de corrupción, problemas económicos, pérdida de identidad ante la globalización, y un sinnúmero de padecimientos que poco a poco nos han ido apagando el espíritu.
Entonces surge la pregunta: y, ¿qué va a suceder ahora? ¿Acaso nos conformaremos con pensar que la Patria es una experiencia frágil que cuelga de un hilo durante unos pocos días dentro del marco del Mundial? ¿Cómo irrigar ese sentimiento de unidad y compañerismo hacia el resto de nuestra experiencia como ciudadanos de nuestro país?
Es nuestro deber tomar acción, cada uno de nosotros, para poner de nuestra parte en hacer de esta experiencia una lección que evidencia que la unión hace la fuerza y que al ser proactivos y cooperadores, mejoramos la calidad de vida de todos en una escala más grande. El panameño con el que celebramos, lloramos y festejamos en un estadio o en un restaurante, está sentado a nuestro lado en el día a día de la jornada de trabajo o en el salón de clases. Está detrás de un puesto de venta. Está en el carro en frente de nosotros en el tráfico. Así como lo consideramos nuestro hermano durante el partido, debemos respetarlo y apoyarlo de regreso en la realidad de la rutina.
Así como recogimos la basura en el estadio, debemos recoger la basura en nuestras calles y en nuestras playas. Así como alzamos nuestras voces para cantar el himno, debemos alzar nuestras voces contra la corrupción y contra las injusticias. De la misma manera en que aplaudimos y celebramos a nuestro equipo aun ante un resultado no favorable en el partido, debemos tener empatía y tolerancia con nuestros compatriotas y reconocer sus logros aunque sean pequeños para levantar sus espíritus y darles la esperanza de que pueden superarse día tras día.
Está en nuestras manos, en las de cada uno de nosotros, volvernos ese cambio con el que tanto hemos soñado. Podemos empezar con pequeños pasos, como sonreírle a una persona que está teniendo un mal día, y poco a poco ir fortaleciendo ese sentimiento de solidaridad que nos recibe con los brazos abiertos a este hogar que llamamos Patria.
La autora es artista