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EDUCACIóN

¡Hagamos de las escuelas nuestro orgullo!

Nuestro sistema educativo está atrasado con respecto a América Latina y al mundo. Esta dura lección la aprendí en el Laboratorio Internacional de Incidencia Ciudadana (LIIC) . El sistema educativo panameño no ha cambiado de manera importante al menos en los últimos 70 años. Hay esfuerzos en mejorar la infraestructura. La pedagogía del profesorado sigue siendo anacrónica en la mayoría de los casos. Los que intentan innovar son cohibidos y coartados por el propio sistema, que frena la mejora continua.

Los gobiernos han hecho esfuerzos por aumentar la cobertura para mejorar las tasas de finalización de secundaria y educación terciaria, sin los resultados esperados. En términos de calidad, queda mucho por hacer. La última vez que Panamá participó en las pruebas PISA (2009), ocupó el último lugar de la región en matemática, y el penúltimo en lectura y ciencias.

La inversión en mejorar la calidad de la educación es necesaria para promover el crecimiento incluyente. Panamá no se puede dar el lujo de esperar.

El sistema educativo no combate la mediocridad, la premia, perpetuándola. Solo analizar los términos de referencia para ser elegibles a la beca universal y la creciente cantidad de desertores, aprobados y aplazados, lo hace evidente.

El número de reprobados fue de 57 mil 582 estudiantes, según reportes oficiales del Ministerio de Educación (Meduca) en 2017. Las cifras de 2018 siguen siendo un misterio. Es alarmante que el 7.9% de la población estudiantil panameña haya reprobado. Son más preocupantes las graves lagunas y deficiencias de la población estudiantil en general. Pareciera ser que, para el sistema, los estudiantes solo son cifras. El esfuerzo, la mejora continua y el aprendizaje del estudiante no son incentivados.

De acuerdo con los recientes estudios de la Unicef (2017) y el Banco Interamericano de Desarrollo (2017), uno de cada dos adolescentes logra completar la secundaria. La deserción escolar va en aumento, así como se dispara el número de ninis.

Nuestras lacras más comunes son problemas socioeconómicos, débil institucionalidad, embarazos adolescentes, bajas expectativas educativas y desintegración familiar

¿Qué hacer? Urgen profesionales competentes, un sistema educativo con equidad y calidad en las regiones más vulnerables, con estudiantes que logren las competencias mínimas por asignatura. Los padres de familia son los primeros maestros. Deben predicar con buenos ejemplos. Necesitamos que la sociedad entera exija y luche por la implementación efectiva de las mejores políticas públicas.

Se sigue perpetuando el círculo vicioso de la pobreza y no se escuchan suficientes voces de cambio. Asumamos nuestro papel ciudadano y hagamos de las escuelas nuestro orgullo y no como ocurre hoy, que son nuestra gran vergüenza.

Basta de masificar e industrializar la educación, sin responsabilizarnos por el producto. Vivimos en otra era.

El autor es egresado del Laboratorio Internacional de Incidencia Ciudadana.


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