La historia oficial del Panamá colonial parece tener sus mecanismos para producir olvido. Otorga preponderancia a lo foráneo y su descendencia, en detrimento de lo autóctono. Personajes codiciosos que coyunturalmente actuaron según intereses particulares o clasistas, han sido consagrados como patriotas. Pues los mecanismos de inscripción de la memoria y de transmisión histórica han sido hegemónicos.
Totalmente despojado de cualquier criterio clasista, me atrevo a decir que los verdaderos patriotas del periodo colonial istmeño han sido relegados al olvido. La resistencia indígena contra los españoles, no deja dudas a la historicidad indígena panameña. La hostilidad de nuestros pueblos autóctonos, desde la llegada misma de Cristóbal Colón (1502), constituyó un verdadero escollo para la empresa europea (conquista y colonización española).
Quibián, Cémaco, Comagre, Pocorosa, Secativa, París, Ponca, el indómito Urracá –símbolo de la resistencia indígena en el istmo– entre otros, son verdaderos patriotas autóctonos que mediante alianzas, se sublevaron contra la arremetida foránea que intentaba desarraigarlos de su territorio y construcciones ideales (cultura, tradiciones, instituciones, etc.). Lamentablemente, las memorias impuestas los enchufaron al olvido forzado, sesgando el pasado y con él su historia.
Un acendrado patriotismo por defender su terruño a costa de su propia vida, significó un gesto de amor al suelo nativo, patrimonio de sus descendientes y hoy nuestra patria. Al final, diezmados ante las desigualdades en distintos ámbitos, el patriotismo indígena sucumbe ante la dinámica perversa que convierte en tradición la historia de los triunfadores.
Sin duda, la época colonial ha sido el período más extenso (320 años) de nuestra historia, pero, también el más violento. En él, gran parte de lo que hoy nos identifica comenzó a urdirse impositivamente, a precio de sangre y dolor. El mestizaje y la evangelización fueron procesos cruentos que desde el imaginario del depredador pasaron a ser idilio, de allí a memoria, para volverse texto y luego envolvernos en una especie de ceguera histórica generacional.
Así, las clases hegemónicas, a través de una historia hegemónica han venido domesticando y trastocando nuestra memoria colectiva. De hecho, el documento escrito, aún el circunscrito a los archivos públicos, ha constituido el vehículo que trasiega la desmemoria y enturbia las identidades, “la escritura como mecanismo de ocultación y de imposición de olvido de lo autóctono” (Gnecco y Zambrano, 2000: 290).
En suma, es necesario que desde la enseñanza escolar y universitaria de nuestra historia patria oficial, comencemos a romper la supuesta lógica vigente en nuestros entornos, pues resulta producción hegemónica de hombres descomedidos y astutos que han conducido a nuestras generaciones al error y al olvido. Así es la mecánica que insufla obnubilación permanente, en tanto que dicho poder hegemónico solo ve un territorio con ingenuos para usufructuar y expoliar.
Noviembre es el mes de la patria, por tanto, los murales en nuestros centros de estudios, a todos los niveles, también deben exaltar las memorias de nuestros primeros patriotas. Ya basta de historias hegemónicas que invisibilizan, discriminan e irrespetan lo autóctono, la etnicidad y la diversidad cultural. ¡La patria así lo reclama!
El autor es docente