La segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Costa Rica le dio un rotundo triunfo a Carlos Alvarado, quien enarboló la bandera de la tolerancia y de la institucionalidad. Esa victoria manda un claro mensaje de que la xenofobia, la homofobia y los cantos de sirena de soluciones mágicas, que sin mayor explicación resolverían los problemas de su país, son planteamientos que no tienen cabida en una sociedad democrática. La religión y las creencias personales influyen en la cultura de los pueblos; sin embargo, al cruzar la línea hacia la política electoral, se corre el riesgo de ponerla en un afiche de campaña, condenando a todos aquellos que se opusieran a esa propuesta. El mundo conoce los horrores de ese tipo de regímenes y los anales de la historia están llenos de casos de personas devotas que han cometido atrocidades en nombre de su fe. Como dijo el presidente electo: “Costa Rica tiene muchos problemas que hay que resolver”, gracias al resultado del domingo, las políticas del odio y de la discriminación ya no son una amenaza para ese país. Los votantes panameños deben mirarse en ese ejemplo de sabiduría y tolerancia.
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03 abr 2018 - 12:00 A M
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