La dinámica de la política clientelar facilita la reelección de los diputados, ya que, una vez instalados en la Asamblea, negocian y manejan presupuestos con los que van creando una creciente red de dependientes, trafican influencias, intercambian favores con otros órganos del Estado, desarrollan negocios con ventaja y pasan leyes con las que coquetean con los electores de sus circuitos o favorecen a sus patrocinadores y donantes. En resumidas cuentas, tienen un supermercado de opciones de las que tirar para afianzarse en sus curules, elección tras elección. Hay excepciones: por el hemiciclo ha pasado algún que otro llanero solitario, portador de ideas y principios, pero la mayoría encaja dentro del patrón descrito. La reelección, figura permitida por nuestra Constitución política para el de diputado y otros cargos de elección popular, ha sido objeto de abusos, al punto de que, en lugar de permitir el aprovechamiento de experiencias, ha favorecido la proliferación de faraones y caciques para los que no debería haber cabida en una democracia. Urge una reforma constitucional que atienda esta lamentable realidad, pero, entre tanto, los ciudadanos tienen una carta que jugar: se llama voto.
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04 abr 2019 - 05:00 AM