Hoy por hoy

Panamá ya conoce que Ricardo Martinelli tiene más de un rostro. Uno de ellos es el de enfermo terminal que sale a relucir durante sus estancias en centros penitenciarios. Otro es el de perdonavidas, que exhibe cada vez que obtiene algún beneficio para sí o se sabe intocable o protegido por una fuerza que solo él conoce.Y ese ha sido el rostro pendenciero que nos ha regalado -con mayor intensidad si cabe aún- desde que el Tribunal de Juicio lo declaró no culpable de los cargos de espionaje político y peculado. Quien alguna vez suplicó a los jueces clemencia alegando achaques como enfermedades coronarias, hipertensión arterial, apnea de sueño, glaucoma, depresión y hasta un cáncer de colon inexistente, ahora se marcha del tribunal profiriendo amenazas a la procuradora general de la Nación, a los fiscales y a un expresidente de la República. A este último le advirtió que lo buscará en el restaurante que presume frecuenta, para meterle “un puñete”. Y hasta conminó a los agentes del SPI que custodian a uno y otro a que participen en la hipotética refriega. Este anuncio incluso fue festejado por seguidores y abogados, que se supone son servidores de la justicia. Como en este país reina la anarquía, solo falta que se abran las apuestas. Y todo a ritmo de mariachis.

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