Hoy por hoy

No es difícil imaginar el calvario de una familia cuando su núcleo se rompe a causa de la violencia doméstica. Y aunque se hace lo que se puede –porque la verdad es que las autoridades carecen de presupuesto e instrumentos legales más severos–, el número de casos va en aumento. En lo que va de este año, por ejemplo, la cantidad de denuncias es superior –por cerca de mil casos– a los registrados el año pasado para igual período. Los gobiernos parecen indolentes ante el sufrimiento de familias –madres e hijos, principalmente– que sufren a causa de la violencia doméstica, que, en palabras de los fiscales que investigan estos hechos, son la antesala de hechos más graves, como los feminicidios. Causa indignación contemplar cómo el dinero de nuestros impuestos es hurtado por políticos inhumanos o es malgastado o tirado en proyectos inconclusos o inútiles. En cambio, no hay presupuesto para comprar instrumentos tecnológicos de vigilancia de potenciales agresores, que eventualmente terminan con el asesinato de sus parejas, incluso, de sus hijos. En indignante ver que no hay presupuesto para monitorear los movimientos de agresores sexuales, pero sí hay para adquirir camionetas de lujo, como si la vida de un ser humano valiera menos que la comodidad en la viajan los políticos. Nuestros gobernantes parecen ir siempre detrás de la carreta. ¿Hacen falta más víctimas para que despierten de su ya habitual estado catatónico?

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