Fue Aristóteles, quien se ocupó del principio de individuación referente a tres nociones: la substancia (la usía), la materia (la hyle) y la forma (el eidos o el to ti esti). Se pregunta cómo el hombre, entidad singular, constituye su propio principio en cuanto participa de una inteligencia activa, muy a pesar de que los hombres reconozcan de distinto modo los principios racionales, lo que prohijó desde entonces la teoría de los grados de individualidad. Sin embargo, el problema queda abierto, ya que por la cantidad de seres que rodean el hombre, no es tan individuo como parece, pues además de las características corporales, anímicas, están de por medio las circunstancias humanas que lo comprometen.
Pese al tiempo transcurrido desde entonces, el hombre siente la necesidad de inventarse a sí mismo, un poco la manera como Sartre entiende la responsabilidad, expresión de la libertad, la cual resulta sin duda abrumadora y agobiante para el hombre actual. La opción sigue siendo la perfectibilidad de la individualidad humana mediante un proceso educacional de formación moral, política, económica, cultural, histórica, religiosa, etc. De no ser así, el individuo acabaría por considerarse un simple eslabón social que incuba sentimientos adversos a la sociedad a que pertenece con inmediatez.
Paralela a dicha actitud en ocasiones extrema, existe una positiva y contrarrestante, en tanto que cada individuo se constituye en virtud de sus cualidades irreductibles que lo distinguen como persona. Ahora bien, no hay despliegue de cualidades sin el conocimiento de las situaciones concretas del pasado como del presente relativo al ser de lo panameño. El contraste es claro si se compara el ideal de una educación integral y la desconcertante apertura de la caja de Pandora de la globalización. Asumir el poder político como medio de enriquecimiento económico exacerba, y es contraproducente para una juventud en formación.
La loable tarea del docente es adoptar una amplia visión orientada hacia contenidos antropológicos, sociológicos, biológicos, etc., a la manera tal vez de un Edgar Morín, a sabiendas de que cuenta con la genuina espontaneidad de las facultades del educando. Hegel veía en el individuo una posibilidad, una incompletitud que adquiere adultez en sociedad. Los modos de ser de los individuos son cognoscibles, y se fortalecen con la praxis del buen ejemplo de los ciudadanos bien formados. Si bien la globalización y el progreso tecnológico agudizan la codicia, cual tsunami, el hombre como el demiurgo platónico debe plantearse el alcance de la verdad del mentiroso y cuándo debe actuar de una manera y no de otra. El dinero y el éxito son medios engañosos y aparentes, solo el valor es un fin. La expresión “juega vivo” no deja de ser un imperativo que justifica cualquier acción inmoral propia.
El autor es exprofesor universitario

