En Panamá, el 30% más pobre tiene cinco años de escolaridad acumulada, versus el 10% más rico, que tiene 14. Es crucial, en la competitiva sociedad moderna, obtener un título universitario. Miles de jóvenes se encuentran en la encrucijada de decidir qué estudiar, previo a su graduación de la escuela secundaria. El mundo actual requiere de profesionales y técnicos con gran dominio de diferentes áreas del saber. La presión de dominar diversas competencias, habilidades y destrezas es inmensa ante la posibilidad de ser superados y reemplazados por las máquinas.
“¿Qué papel aspiro a desempeñar en la sociedad?”, es una de las interrogantes de muchos adolescentes, quienes también deben decidir sobre su profesión a futuro, cuando aún se encuentran en la etapa de tener que pedir permiso para usar el baño. ¿Cómo afrontar en esa coyuntura, la toma de decisiones de tal impacto? Nunca en la historia ha habido más presión en cuanto a escoger una profesión que no solo implica lograr el conocimiento disciplinar, sino obtener las habilidades y competencias para toda la vida. Herramientas como pruebas de orientación vocacional, hasta el consejo de un familiar son instrumentos a los que recurren los estudiantes graduandos, que no funcionarán si el estudiante desconoce la demanda laboral y, peor aún, si no se conoce lo suficiente. Las pruebas de aptitudes tampoco arrojan demasiada luz en el camino.
No es suficiente que un resultado indique “inclinación por la economía” cuando el estudiante no tiene nociones básicas como el valor relativo del dólar frente a otras monedas o cómo funciona el mercado de valores o qué competencias debe tener un economista. Tampoco existen instrumentos de aptitudes “a prueba de balas”, si el que presenta los exámenes no tiene certeza sobre sus intereses o no tiene consciencia de sus habilidades o, incluso, en un caso extremo, si quien aplica la prueba manipula las preguntas para obtener las respuestas que le interesan. Los profesionales que ejercen con éxito una carrera deben adquirir el compromiso de explicar con lujo de detalles, las fortalezas y debilidades de las profesiones que ejercen. Ningún blog puede sustituir la experiencia de compartir ideas con un economista apasionado, cara a cara, para tomar una decisión de alto impacto como lo es saber si interesa o no estudiar esa carrera.
Es aquí donde la sociedad debe tomar acción. Debemos dedicar tiempo para instruir a los jóvenes la importancia del bien común y el concepto de vivir en sociedad con el fin de transformar la pregunta: “¿Qué haré el resto de mi vida?” por “¿cómo apoyaré a la sociedad el resto de mi vida?
Si lo anterior es realizado correctamente, orientamos al joven ciudadano a un propósito auténtico y positivo en beneficio propio y en bien colectivo.
Resolver este acertijo puede ayudar a formar a los individuos. No obstante, la sociedad de hoy necesita de la alineación de cada uno para que sigamos avanzando hacia el éxito, con un enfoque de ayuda y compromiso colaborativo. Si estamos en posición de poder colaborar con quien lo necesite, tenemos la obligación de auxiliarle, porque en una sociedad, el problema de uno, afecta a todos. De igual forma, el éxito de uno, debe convertirse en la victoria de todos. Alcanzar el ikigai en japonés o “la razón de vivir”, en español, es descubrir la convergencia entre lo que amas hacer, aquello en lo que destacas, lo que el mundo necesita y el oficio por el que te pagan. Si asistimos a nuestra juventud a alcanzar su ikigai habrá más felicidad en el mundo, menos frustración y más humanidad. Como dijo Neil Armstrong, habremos logrado con este pequeño paso, dar un gran salto por la humanidad.
El autor es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación