La criminalidad, la violencia y el pandillerismo constituyen los flagelos sociales más sensitivos de nuestro país, sin escatimar que son engendros de la corruptela estatal que heredamos de la dictadura y que aviesamente ha recibido los nefastos nutrientes de una oligarquía empresarial que ha tomado las riendas del Estado, desde el restablecimiento de las democracias.
Estos carcinomas estatales apuntan a un proyecto tendencioso que desgreña la psique del panameño. El pandillerismo con su subsecuente ola de criminalidad y violencia, políticamente, parece el elemento distractor que secuestra la psique de las masas populares.
La transición de un sistema penal inquisitivo a uno penal acusatorio, exquisitamente “garantista” de la corrupción, criminalidad, delincuencia, y medidas cautelares irrisorias para los rabiblancos portentosos, encaja con dicho proyecto. El pie de fuerza policial, seguramente, superior al de la dictadura no contrarresta la criminalidad, y a pesar de los jugosos aumentos salariales se percibe ineficaz.
Las fiscalías crean incertidumbres, pues sus fiscales naufragan en investigación criminal, falencia que disfrazan asignando criminalistas en función de asesores de fiscal con jugosos salarios que solo engrosan el gasto público, sin resultados óptimos. A pesar de que para estas el criminalista es crucial en una investigación, todo apunta a que el criminalista panameño solo tiene una formación académica teórica, gravemente carente de cientificidad.
La veda de armas y permisos, más que coadyuvar a disminuir estas lacras sociales, expone a los ciudadanos decentes de este país y les priva de salvaguardar sus vidas y bienes. Los ingratos hijos del pueblo (abogados, jueces, diputados y demás) traicionan sus principios, los de la profesión, y sobre todo la dignidad de su pueblo, con tal de formar parte de la algarabía metalaria que garantiza la administración pública.
No hay una disposición gubernamental de erradicar estos males de nuestras ciudades, políticamente parece un mecanismo que incita la autodestrucción de las mayorías (masas populares). Los aspirantes a puestos públicos electorales acogen a cabecillas de bandas delincuenciales, pues controlan una población electoralmente deseada. Allí surgen promesas amorales de subsidios, prebendas y demás.
Es notoria la inestabilidad de la democracia, el desdeño del cuerpo social panameño y el exacerbo de la credibilidad de nuestras instituciones. Un análisis desde la contradicción clasista nos permite entender este panorama como un proyecto oligarca que secuestra y distrae la psique del populacho panameño, dando perennidad a la inseguridad.
Con este mecanismo de dominación, la oligarquía pretende imponerse por completo, gangrenando la conciencia social panameña para facilitarse la vida. Lamentablemente, los padres de familia, inconscientemente, ahondamos la lesión con nuestra permisiva forma de crianza.
En suma, la criminalidad acapara todos los escenarios y parece no tener fin. De hecho, para la psicología social, la criminalidad en nuestro país trasciende la cultura, lo que agrega un ingrediente devastador, puesto que este flagelo deambulará despóticamente generación tras generación, sembrando el terror en nuestra sociedad.
Patria no es una palabra hueca, es un proyecto común de los ciudadanos; se construye trabajando honestamente para que la justicia sea una tangible verdad.
El autor es docente.