Estamos en plena campaña política. Ya conocemos el grupo del que saldrán las personas que nos gobernarán los próximos cinco años.
Todos los candidatos sin excepción han prometido y prometerán cambios, reformas y modificaciones para resolver los acuciantes problemas que el país confronta en casi todos los campos: corrupción, educación, salud pública, seguridad, energía, vivienda, justicia, agricultura, etc, etc.
Lo mismo ocurre cada cinco años. Como país democrático que somos, corresponde al pueblo extraer de ese grupo a las personas que tomarán las riendas del poder, y supuestamente harán realidad esas siempre bellas promesas. En otras palabras, es el pueblo con su elección, el único responsable de su futuro, y de su pasado.
Si miramos hacia atrás, debemos admitir que los pueblos también se equivocan. Hablamos de que “ahora” debemos tomar más en serio el poder que tenemos y meditemos mejor a la hora de elegir un candidato, y es ahí donde radica el real problema: ¿cómo saber quién es el bueno si todos prometen cosas bellas? ¿Qué garantía tenemos de que no nos suceda lo mismo de nuevo? ¿Qué elementos básicos debemos tener para reducir las posibilidades de fracaso?
Es interesante observar que hasta ahora ninguno de los candidatos se ha arriesgado a poner su honor en juego, y prometer públicamente que al finalizar su mandato/(en caso de salir electo), si no ha cumplido sus promesas de campaña injustificadamente, se le someta a un proceso judicial.
La historia de nuestra América registra actitudes que pudiéramos clasificar como “excesivamente honestas”, pues el funcionario al no poder cumplir sus promesas de campaña se quitó la vida. Quien lo dude, puede indagar en los medios y buscar la semblanza del doctor Manuel Fernández Supervielle (1894-1947), un ilustre abogado cubano de origen humilde que fue electo alcalde de la ciudad de La Habana en la década de los años 40, prometiendo en su campaña resolver el abastecimiento de agua para la ciudad. Al verse impedido de cumplir su promesa por encerronas politiqueras de toda índole, se quitó la vida de un disparo el 4 de mayo de 1947, dejando un manuscrito que decía: “Me privo de la vida porque a pesar de los esfuerzos que he realizado por resolver el problema del agua en La Habana, por múltiples inconvenientes y obstáculos que se me presentaron, me ha sido imposible, lo que implica para mí un fracaso político, y el incumplimiento de la palabra que di al pueblo”.
Su actitud fue, sin duda, incorrecta y excesiva, pero aleccionadora.
Estoy más que convencido de que en Panamá, en América y en el mundo existen y existirán hombres y mujeres con esos valores morales y éticos, dispuestos a los mayores sacrificios. En ellos está darse a conocer y en nosotros identificarlos.
Siempre me apego y repito este pensamiento de José Martí_ “Cuando hay muchos hombres sin decoro, siempre existen otros que llevan en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se levantan con fuerza terrible para luchar contra los que le roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro”.
El autor es ingeniero