Stephen L. Carter, un profesor de leyes de la Universidad de Yale, ha escrito un libro titulado Integridad, en el que hace un profundo análisis de la integridad y propone que, a menos que nuestras vidas públicas y privadas se centren en la integridad, la idea democrática puede derrumbarse. Este escrito contiene muchas ideas del profesor Carter, a las que he adicionado algunas mías y nuestra visión panameña.
Integridad es algo así como el buen tiempo; porque estamos a su favor, nadie está en su contra. Queremos que nuestras mujeres y hombres sean íntegros. Queremos que cuando nuestros hijos lleguen a la edad adulta, sean íntegros. Que nuestros políticos y nuestros amigos lo sean también. Queremos que los maestros, nuestros dirigentes religiosos y nuestros periodistas sean íntegros. Todos decimos que nuestra Nación necesita más integridad. Muchos dicen que antes, en tiempos de nuestros padres y abuelos, había más integridad y que deberíamos volver la mirada hacia atrás.
Pero... ¿qué es esto que llamamos integridad y que todos queremos para todos? He leído muchas definiciones y la del profesor Carter es muy interesante. Integridad –dice Carter– requiere de tres pasos:
1) Discernimiento entre lo bueno y lo malo.
2) Actuar sobre lo bueno aunque sea a gran costo personal.
3) Decir abiertamente que se está actuando con base en el entendimiento de lo que está bien y lo que está mal. Como vemos, no se trata simplemente de una definición, sino más bien de una conducta.
Una vida vivida con integridad ofrece un sentido especial de estar completo, entero… de no existir dividido. Se vive con una serenidad especial, producida por la confianza de que uno está viviendo correctamente... con integridad.
Dentro de cada ser humano, bien adentro, hay una persona de integridad en la cual se puede confiar que hará lo correcto, que cumplirá las reglas, los compromisos y que hará el bien; pero también hay un diablito que nos puede empujar a la conducta contraria. Debido a que todos sentimos nuestra capacidad de ser íntegros es que admiramos la integridad y el coraje de convicciones en otras personas, incluso en aquellas con quienes no compartimos criterios o posiciones.
Integridad es la piedra angular de todas las religiones. Para los católicos, el Evangelio es el relato de la vida de integridad de quien termina clavado en la cruz de palo por sus convicciones. En el judaísmo, el Torá y el Talmud contienen las regla con las que debe vivir con integridad ese pueblo de Dios. En el islam, estas reglas legales y morales son guiadas por el Shria, el camino divino por el que Dios dirige el andar de los humanos.
Integridad y honradez –a pesar de lo que piensan muchos– no son la misma cosa. Se puede ser honrado, pero no llevar una vida de integridad. Si uno no roba, pero escoge ignorar que su compañero de trabajo o de partido roba, se puede decir que es honrado, pero no tiene integridad.
Lo contrario a la integridad es la corrupción; hacer lo que se sabe está mal… y la corrupción es una enfermedad que puede hacer metástasis en todo nuestro cuerpo social. Esta es la amenaza Odebrecht que vivimos hoy, sobre todo si la justicia no actúa con integridad y la impunidad nos condena a ser una sociedad corrupta.
Una vida de integridad se vive minuto a minuto, hora por hora, afrontando dilemas, discerniendo sobre lo bueno y lo malo... y decidiendo por lo bueno –aun a costo personal– y anunciando a los cuatro vientos por qué se opta por lo bueno. Uno nunca puede decir “soy íntegro”; esto equivale a decir “soy santo”. Una vida de integridad escogiendo el bien se gana cada minuto de vida, pagando costos.
¿Podemos resolver el problema de integridad como lo “resolvemos” todo en América Latina… pasando leyes? ¿Podemos pasar una ley que exija que todos los políticos sean íntegros? (aquellos que no son éticos se escudan con “enséñame la ley que me lo prohíbe”… y problema resuelto). Ellos viven en el país legal y nosotros en el país real. Dijo una vez un presidente del Colegio de Abogados: “El reglamento del Colegio prohíbe que un candidato a la presidencia del Colegio sea funcionario público con mando y jurisdicción... pero yo no soy candidato a la presidencia; yo soy presidente”. ¡Miren ustedes qué concepto de ética! Y eso que esta es la profesión que constituye la materia prima del sistema judicial. Lo peor de aquello es que aquel presidente del Colegio y todo el grupo (numeroso) que lo llevó a esta posición consideraron esta flagrante violación de la ética una viveza digna de celebración.
Y los ciudadanos con deseos de vivir una vida de integridad…¿qué hacemos? Debemos gritar al unísono “¡Basta ya!”. ¡Nos indignamos! Ya no seremos corruptos por omisión. Ejerzamos nuestro poder ciudadano y comencemos a forzar rectificación en nuestra calle, en nuestro barrio, en nuestro corregimiento, en nuestra provincia, en nuestro país…¡antes de que sea muy tarde!
El autor es fundador del diario ‘La Prensa’