En el hermano país de Guatemala están ocurriendo fenómenos nuevos, importantes e interesantes, que son ejemplo frente al huracán de corrupción en nuestra América, y que lleva mayormente el apellido Odebrecht.
El artículo de Sergio Ramírez en La Prensa del día 24 de septiembre, titulado “La democracia en las calles”, lo describe con lujo de detalles.
Se fue creando poco a poco, hasta que una sola gota derramó el vaso de la tolerancia ciudadana respecto a la corrupción. De repente la ciudadanía se volvió intolerante ante tanta corrupción y tanto abuso.
El presidente de ese momento, Otto Pérez Molina, ante la total falta de credibilidad de la justicia solicitó a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) asistencia y se formó la Comisión Internacional contra la Impunidad (Cicig) bajo el mando del jurista colombiano Iván Velásquez Gómez, quien reportaba directamente al secretario general de la ONU.
Las investigaciones del Cicig caminaron directamente hacia el palacio presidencial, por lo que comenzaron las acostumbradas maniobras políticas, amenazando todo el proceso.
De repente unos jóvenes –que no pasaban de una docena– formaron un grupo, salieron a la calle y se reunieron en la plaza contigua a un edificio donde sesionaba el Cicig.
Antes de terminar anunciaron que el mismo día y hora cada semana estarían haciendo “Democracia en la calle”. La segunda semana eran 100, la tercera mil, la cuarta 50 mil y a partir de allí todo cambió.
El presidente y su vicepresidente renunciaron y terminaron en la cárcel. Se dio la próxima elección ganando la Presidencia Jimmy Morales. Enseguida se comprobó corrupción de su hijo y hermano. El presidente ordenó la salida de la Cicig del país y los 50 mil de la plaza se convirtieron en aún más hasta que la Corte constitucional anuló la medida de expulsión y el presidente Morales está en un 3 y 2 cerca de caer, ya que se comprobó además que el Ejército le otorgaba al presidente un “bono” de $7 mil mensuales para complementar su salario oficial de $20 mil mensuales; o sea, el presidente era “empleado” de los gorilas, siendo supuestamente su comandante en jefe. ¡El mundo al revés debido a la corrupción!
Lo importante es que todo esto ocurre porque la ciudadanía, convocada por una docena de jóvenes, está en la calle ejerciendo como ciudadanos a tiempo completo, sin liderazgos mesiánicos.
Cuando el futuro institucional de la democracia está en peligro el ejercicio ciudadano de la democracia en las calles es plenamente justificado.
Como escribe Ramírez: “La rebeldía ciudadana viene a representar un activo valioso y esperanzador del que depende el futuro institucional del país. Una intolerancia saludable ya ha demostrado en Guatemala que es capaz de atajar la rapiña de corrupción”.
¿Riesgos?... ¡claro que hay riesgos! Está la famosa frase “uno sabe dónde comienza pero no dónde termina”. Por eso es que el objetivo de la intolerancia debe ser claro… y no debe haber protesta sin propuesta.
En nuestro caso en Panamá, estamos claros de que el sistema judicial amenaza con romper el soporte más importante de la mesa de la democracia, poniéndola en peligro.
El objetivo es claro y definido. La cabeza del Órgano Judicial, la Corte Suprema de Justicia, está podrida… y esa podredumbre hace metástasis en casi todos los tribunales inferiores.
Por eso el día que salgamos será para exigir la renuncia de todos los magistrados, y deberemos tener consensuados los nombres de nueve jurisconsultos (hombres o mujeres) probos, a quienes tocará limpiar y devolver la institucionalidad a la justicia.
¡Que Transparencia Internacional nos diga cuándo! Estaremos más que listos cuando caigan los próximos casos del dominó de la impunidad que ya está preparando la cúpula cuestionada que ahora pretende burlarse de la ciudadanía…¡reeligiéndose! ¡Fuera!
El autor es fundador del diario ‘La Prensa’.