Hace unos días el presidente estadounidense Donald Trump anunció su nueva estrategia para enfrentar al Gobierno iraní, al que acusó de un sinnúmero de actos terroristas desde 1979, tras el derrocamiento del proamericano Shah Pahlavi, cuya política exterior se centraba en sus relaciones con Estados Unidos (EU) y Europa.
Por eso Trump ha pedido incluir, en la opaca Lista Clinton, sanciones adicionales contra la Guardia Revolucionaria Islámica y limitaciones aún más férreas que restrinjan el programa de misiles iraní.
Peor medida es la eventual salida de EU del Plan de Acción Conjunta y Completa (Jcpoa) negociado y acordado en 2015 entre Irán y EU, el Reino Unido, Rusia, China, Francia, Alemania y la Unión Europea, garantizando el uso pacífico del programa nuclear iraní, regido en EU por el “Iran Nuclear Agreement Review Act” y supervisado por el Organismo Internacional de Energía Atómica (IAEA).
Pero Irán no tiene armas nucleares, es parte del Tratado de No Proliferación Nuclear (NPT) de 1968, y además está sujeta a múltiples resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que le prohíbe importar armas convencionales (Resolución 1,929 de junio 2010) y adquirir tecnología de misiles balísticos (Resolución 2,231 de julio 2015).
¿Por qué este cambio de estrategia ahora? En esto predominan los intereses de Israel y Arabia Saudita, “aliados” de EU en la región (por muy distintas razones), cuyos poderosos e influyentes cabilderos saben manipular a su favor ese “triángulo de hierro político-industrial-militar” de intereses creados bipartidistas estadounidense, apreciación que incluyen las enormes reservas de petróleo iraní y la creciente importancia geopolítica de Irán en Oriente Medio, como rival de Arabia Saudita.
La complejidad de estos intereses diversos crea la necesidad perenne en EU de tener un enemigo común “número uno” a quien enfrentar. Después de la guerra de Irak era el Estado (o califato) Islámico; hoy es Irán, muy acorde con el sentimiento antiislámico del presidente Trump.
Desde 1979, el gobierno revolucionario iraní ha basado su soberanía nacional en principios chiíes (contrapuestos al wahabismo saudí) para garantizar su integridad territorial, su desarrollo económico y su política exterior, con un distanciamiento estratégico del liberalismo occidental y las grandes potencias.
Este distanciamiento y aislamiento es promovido por el ala más revolucionaria de los ayatolas, pero el grupo internacionalista, liderado por el presidente Rouhani y su ministro de Relaciones Exteriores Zarif, abogan por integrar su desarrollo y seguridad nacional a la dinámica global, precisamente con arreglos como Jcpoa, que exigen mayor cooperación con Occidente, comprometiendo así su independencia política.
En el contexto ideológico islamista, la contención de Israel (no su destrucción) forma parte de la proyección regional de Irán, donde cualquier represalia israelí en Líbano, los territorios palestinos y Siria conlleva una respuesta iraní, parte de su doctrina de seguridad del Estado y sus creencias islámicas.
Esta ideología iraní no puede desgajarse del contexto histórico, en especial de las humillantes intervenciones de potencias extranjeras durante los siglos XIX y XX ni de su rica historia milenaria.
Por eso, frente a esta situación, Panamá requiere jugar su carta de neutralidad canalera como política exterior.
El autor es exdiplomático