Cada inicio de año, los centros de enseñanza superior hacen alarde de su oferta académica. Más que ofrecer opciones realistas para la población estudiantil, las carreras universitarias se promocionan como si fueran planes de gimnasios, con promesas mágicas de éxito y reconocimiento. Dado que el conocimiento ya no pertenece a nadie y viaja en la punta de los dedos, conviene preguntarse qué sería de las universidades sin los que hacen el trabajo diario de atender a los futuros profesionales.
Las universidades particulares no respetan al docente. Diversas instituciones académicas se las arreglan para redactar contratos cuyas cláusulas permiten modificar las horas de trabajo a su antojo, recortar tiempo de cada hora y retirarle las asignaturas a un profesor sin dar mayor explicación, sea cual sea el tiempo de servicio a la universidad. En ocasiones, incluso sin avisar con antelación, como si los docentes no tuviesen los mismos derechos que cualquier trabajador profesional. La actitud de las universidades hacia sus docentes demuestra que, independientemente de su rendimiento, de la evaluación recibida o de los aportes al proceso de enseñanza, el mérito y el esfuerzo no tienen relevancia. Da igual si elaboran y aplican nuevas metodologías o si se paran frente a los alumnos a leer diapositivas sin mayor interacción que un saludo y una despedida. Por algo muchos desisten de brindar su tiempo a los futuros colegas.
Quien se dedica a educar lo hace porque tiene la vocación y voluntad para este propósito. Es lamentable cómo se desprecia el trabajo de los docentes, sometiéndolos a contratos que culminan cada ciclo académico de semestre o cuatrimestre, sin contemplar la opción de contratarlos a tiempo completo, por concurso y con requisitos de permanente actualización, que muchos cumplirían con agrado. Por desgracia, el sistema de formación superior no contempla la figura del profesor como un miembro valioso de la comunidad universitaria. Ni con años de compromiso ininterrumpido, ni con el reconocimiento de sus estudiantes, ni con evidencia de mejoramiento continuo en su metodología.
Si el trabajo de los docentes es tan prescindible, las casas de estudios superiores no tienen razón de ser. La experiencia en el aula aporta un elemento que el estudio a distancia no reemplaza. Esa experiencia se da en el intercambio entre docente y estudiantes. Y en didáctica universitaria se nos enseña que la motivación es el primer y más importante componente de nuestro trabajo. Tarea complicada tener docentes motivados cuyas condiciones son más inestables que el pronóstico del tiempo. Pregúntese ahora usted, estimado lector, ¿qué sería de las universidades sin sus docentes?
La autora es psicóloga y escritora