Nuestra ciudad capital nos permitió vivirla de una manera casi idílica, los beneficios de hacer realidad la utopía con la que cualquier arquitecto urbanista soñaría con diseñar: donde el transporte público está debidamente interconectado con las dos líneas del Metro funcionando a máxima capacidad; en la que caminar con orden se vuelve un placer, donde los puntos de hidratación son un regalo de los locales para nuestros visitantes; donde simultáneamente hay múltiples eventos culturales en que se exponen las tradiciones nacionales y se combinan con el talento foráneo: hay arte, pinturas, teatro, música en vivo y otras expresiones que la juventud del mundo comparte sin fijarse en nuestras diferencias generacionales, ni de creencias religiosas o clases sociales.
Esta jornada de jóvenes del mundo para Panamá nos ha enseñado que cuando nos unimos como nación, grandes cosas ocurren: ver en las camisetas, gorras y accesorios de vestir el nombre de “Panamá” que trajeron impresos desde sus países de origen y que retornarán para compartir las experiencias personales y espirituales de una juventud que busca llenar sus vacíos, ocupar sus espacios, aportar al desarrollo sostenible del mundo y lograr su plenitud como hombres y mujeres de bien.
Estos días han sido realmente aleccionadores para nosotros como familia: recibir peregrinos incondicionalmente y confiando en que Dios nos tendría algo muy especial, con nuestra nueva familia méxico-americana-puertorriqueña que adoptamos para este festival mundial.
Simultáneamente, vemos cómo desde el caos inicial, del jolgorio y las emociones propias de nosotros como panameños, nos contagiamos de la emotividad al ver que siguen llegando jóvenes que, a pesar de algunos inconvenientes, dándonos la oportunidad de servirles y llevar a algunos peregrinos a sus hogares de acogida también.
Al final, como ya lo hemos vivido en eventos anteriores donde hemos sido visitantes o anfitriones, todo va agarrando su debido curso, y esa fuerte brisa cual nuevo Pentecostés, como diría el sumo pontífice, junto a un sol abrasador que nos recuerda a nuestro Padre celestial haciéndonos ver en el rostro tan multirracial y cultural de cada visitante un nuevo rostro de su hijo Jesús.
Es un orgullo poder servir desde esta trinchera, quizás no al nivel de los jefes de Estado o la alta jerarquía eclesial, sino aceptar el lugar en el que nos pone Dios a servirle, haciéndolo con amor y con la fe puesta en Él de que vendrán mejores días para nosotros: mejores empleos, mejor calidad de vida y una patria que ha sido bendecida por todos sus rincones por el amor de los miles y miles de jóvenes del mundo que convivieron con nosotros en esta jornada de la juventud: a todos, gracias por poder servirles y… éxitos.
El autor es arquitecto y especialista en docencia superior