La famosa venta de los jamones navideños que realizó el Gobierno y que se dio en diversos lugares del país, va más allá del gran desorden y las numerosas críticas por la falta de organización. El problema no es la organización, el problema es que no debió darse. Estas ventas masivas a precios subsidiados tienen efectos mucho más dañinos para el país, de lo que los panameños queremos notar, porque es más fácil hacer la vista a otro lado.
Hay dos males que nos afectan y cada vez más, como sociedad, es difícil separarnos de ellos: el paternalismo y el clientelismo; aquella forma de hacer que la gente no busque su propia prosperidad, sino que el gobierno sea el que les reparta de las migajas de la abundancia, dándole lo que cree necesario o conveniente para las personas, en vez de dejar al pueblo escoger sus necesidades.
La gente piensa que los que gobiernan están obligados a proveerles todo, esto es caer en un error. Lo primero es que cada quien debe construir su propia riqueza y, segundo, cuando tenemos un gobierno paternalista y con un pensamiento clientelista se facilita la corrupción que causa la pérdida de credibilidad en el sistema, puesto que las elecciones, entonces, dependen de lo que “hay para mí”, en vez de escoger al mejor candidato.
Esto penetra en nuestra cultura y convivimos junto a esa manera de pensar todos los días, cuando tenemos cada vez más subsidios y promovemos actividades como esta. Me pregunto, ¿por qué el pueblo tiene que depender del gobierno para todo? Vivimos con un gobierno que nos enseña a depender de ellos y así, en cierta forma, controla mejor al pueblo, olvidándose realmente de lo que es necesario para el país.
Hay una famosa frase que dice: “Enseñar a pescar, en vez de dar el pez”. Necesitamos dejar de pensar que nos tienen que dar cosas, en vez de oportunidades para trabajar y obtenerlas por nuestra cuenta. Es necesario exigirle al gobierno, seguridad, espacios para desarrollarnos, educación y salud –no jamones ni roscas–, para que el pueblo pueda crecer por sí mismo.
El pensamiento de que el pueblo, por sí solo, no puede, trae como consecuencia estas ventas, los subsidios y las “ayudas”; fomenta una dependencia innecesaria del Estado, porque si nos ponemos a analizar, ¿para qué voy a trabajar, si el gobierno me da todo? Como consecuencia, desincentivamos el deseo de superación de las personas y creamos una dependencia al Estado, innecesaria para el país. Y con ese pensamiento su desarrollo se ve afectado. Es una simple suma: oportunidades más progreso más ganas de progresar es igual a desarrollo y crecimiento para el país.
La solución es dejar de realizar ese tipo de actividades, dirigir esos gastos o invertirlos en las verdaderas funciones del Estado, aquellas que son necesarias para el país, y exigir cosas realmente prioritarias, en vez de roscas y jamones. Esto es reclamar por cuestiones como las notables fallas en la educación en Panamá, problema recurrente desde hace 30 años, que se refleja en los resultados: este 2016 han fracasado 48 mil 864 estudiantes, lo que supone 10 mil 917 más que en 2015. Otra exigencia importante es la salud, prueba de esto es la crisis por la falta de medicamentos en la Caja de Seguro Social.
Los panameños valemos más que un jamón y una rosca, nuestra dignidad y crecimiento es propio. Estoy segura de que Panamá puede crecer mucho y volverse uno de los mejores países del mundo con todas las ventajas que tenemos. Debemos enfocarnos y poner prioridades, como país, para que así ni el paternalismo ni el clientelismo nos consuman.
