La Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) es un fenómeno que atrae a todo tipo de personas sin importar raza, nacionalidad, sexo, estatus social ni económico, ni preferencias ideológicas; igualmente, a los que profesan o no una religión. Tanto en el orden laico como religioso, este encuentro masivo de jóvenes irrumpe en la cultura del país anfitrión, convirtiendo sus calles en escenarios de una gran fiesta cultural en la búsqueda de profundizar y celebrar su fe.
Todo parece haber empezado en 1975, cuando el papa Pablo VI reúne en Roma a miles de jóvenes en representación de numerosos países. En 1984, san Juan Pablo II observó que esta concentración de jóvenes era un acontecimiento valioso y como buena manera para atraerlos a Jesucristo e incentivar su participación en la Iglesia, organiza el segundo encuentro en Manila, Filipinas, con el nombre de Jornada Mundial de la Juventud, que llegó a reunir a más de cinco millones de personas sedientas de la palabra de Dios. De esa manera nacen los primeros encuentros en los que el máximo líder de la Iglesia católica buscaba dar a conocer y explicar el Catecismo y el Evangelio y transmitírselos a los jóvenes al ritmo y estilo de ellos y con un lenguaje que todos entendieran. El reto no fue fácil y tampoco imposible.
Panamá es anfitrión de la próxima jornada de jóvenes con la presencia del papa Francisco, que ha continuado con esta labor evangélica y presidirá este gran acontecimiento con la participación y colaboración de nuestro arzobispo metropolitano José Domingo Ulloa, obispos, y de toda la grey católica panameña y de otras creencias religiosas. Para regocijo nuestro, el líder espiritual de la Congregación Kol Shearith Israel de Panamá brindará alojamiento a 50 peregrinos. Y la comunidad musulmana se solidariza al colaborar con la hidratación de los peregrinos y asistentes a la jornada.
Han sido 12 países los que nos han precedido, con la asistencia de millones de jóvenes sedientos de amor, paz y de acercamiento espiritual, favoreciendo el bienestar emocional de todos porque crea sentimientos de seguridad, continuidad e identidad.
Rumiando y frustrados quedarán los detractores y maldicientes de esta fiesta cultural y religiosa, que cada día inventan situaciones sin sentido, fundamentados en la mentira e inquina. La Iglesia católica no se somete a las mezquindades de nadie. Cuando se aprenda a tolerar y respetar las creencias e ideas con las que no se estén de acuerdo, esa persona vivirá en paz y armonía.
Para generar dinero hay que invertir. Según el Comité de Recaudación de la JMJ, se requerirán de unos $60 a $70 millones, y se generará un impacto económico de $250 millones: la ocupación hotelera, restaurantes, el turismo; además de la proyección internacional de Panamá que continuará dando frutos gracias a la consolidación de una imagen positiva de nuestro país. En España fueron más de $354 millones en ganancias. Hubo una cifra parecida en Cracovia, aunque no se tenga la cifra oficial de ingresos.
La JMJ contribuye al desarrollo integral del ser humano. Aunque hay familias muy bien estructuradas emocionalmente, también hay jóvenes que desde temprana edad viven martillados por padres y madres ausentes en su etapa de crecimiento y desarrollo; jóvenes hostigados por el alcohol y las drogas, malas influencias de amistades, defectos, debilidades, sin códigos morales y que a la larga lo hacen esclavo de sus miserias e instintos. La JMJ es una ventana para intercambiar ideas de cómo enfrentarse a las adversidades de la vida y salir airoso.
Una serie de investigaciones se han realizado en las jornadas que han precedido a la de Panamá, a celebrarse del 22 al 27 de enero. En la de Cracovia se estudió la característica cultural y religiosa de los peregrinos, el compromiso de los voluntarios, la percepción que el mundo tiene hacia el país anfitrión, de sus habitantes, y la dimensión económica que comprendió la jornada. De los resultados se puede destacar que fue una verdadera escuela de cómo construir puentes de solidaridad y de servicio desinteresado en función del bien común. Liberó un estado emocional de alegría, imaginación y entusiasmo entre los jóvenes, siendo testigos de que es posible formar una comunidad más allá de las limitaciones culturales, sociales y religiosas. Otros consideraron el evento como una experiencia única de la universalidad de una Iglesia viva, multicultural, fascinante.
Una gran fiesta cultural y religiosa nos espera. Jóvenes que creen y otros que no, pero congregados por un bien común. Gracias papa Francisco. Gracias monseñor José Domingo Ulloa por estos días de fiesta cultural y acercamiento espiritual.
La autora es psicóloga clínica
