HISTORIA

Justo Arosemena en su bicentenario

Conmemoramos hoy el bicentenario del nacimiento de Justo Arosemena, el más sobresaliente de los hijos de nuestra patria. Es oportuno reflexionar sobre la relevancia de sus ideas a nuestra actualidad.

Poseedor de una inteligencia superior, con grandes destrezas analíticas, clarividencia y capacidad de persuasión, en su larga vida pública y profesional—de casi seis décadas—el Dr. Arosemena caviló acerca de numerosas situaciones que incidían sobre los asuntos públicos de Panamá, Colombia y América.

Justo Arosemena, el padre de nuestra nacionalidad, articuló el más lúcido planteamiento sobre la identidad nacional a partir de razones geográficas, históricas y culturales. Su brillante ensayo, El estado federal de Panamá (1855), es una respuesta contundente a quienes aún hoy—años después de nuestra independencia de España (1821), la fundación de la primera república (1840), la creación del estado federal (1855) y el establecimiento de la segunda república (1903)—insisten en que Panamá es una nación “inventada”.

El Dr. Arosemena refuta esa falacia mediante una exploración de los hechos más prominentes de nuestra historia política, los rasgos más sobresalientes de nuestra geografía y los aspectos más destacados de nuestra cultura interoceánica. Su visión de la nacionalidad asigna un valor primordial a la integridad territorial.

Por eso, el 11 de septiembre de 1855, siendo jefe superior de Panamá, escribió al presidente de la Asamblea Constituyente del istmo para advertirle que la declaratoria hecha en la ley colombiana del 9 de junio anterior, referente a los límites orientales del estado, era “errónea” e insistir en la necesidad de que el Congreso colombiano corrigiera lo actuado. Por no seguir el consejo del Dr. Arosemena, Panamá perdió miles de kilómetros cuadrados al oeste del río Atrato, en nuestro Darién histórico, uno de los tantos despojos que hemos sufrido, a lo largo de los tiempos, por una tendencia pusilánime a no defender nuestros derechos y nuestra nacionalidad.

Justo Arosemena, nuestro gran repúblico, impulsó con el mayor denuedo el sistema republicano, que para él consistía no solo de la separación de poderes en las tres ramas clásicas sino, también, entre el gobierno general y la administración local. En consecuencia, se preocupó por mejorar el funcionamiento de los municipios.

Esta es hoy una de las tareas más urgentes que enfrentamos. A partir de la Constitución de 1972 y la Ley 106 de 1973, la dictadura militar desbarató el régimen municipal, especialmente mediante el reemplazo de los concejales por representantes de corregimientos, verdaderos agentes de la autocracia (hoy, de la partidocracia) para canalizar el clientelismo y la corrupción hacia los sectores populares.

Hoy, en nuestro medio, el Dr. Arosemena abogaría por una exhaustiva reforma del gobierno municipal, que no solo incluya la asignación de mayores recursos sino, sobre todo, el afianzamiento de las capacidades administrativas y de control, a través de consejos municipales verdaderamente deliberantes y fiscalizadores.

Para Justo Arosemena, elemento fundamental del gobierno republicano es la honradez, que forma parte del conjunto de virtudes cívicas sobre las cuales descansa esa fórmula política. Si algo caracterizó la vida pública de Justo Arosemena fue, precisamente, la probidad, a prueba de las tentaciones y ofrecimientos tan característicos de nuestro ambiente.

Por ello, Justo Arosemena es el estadista probo, quien repudia la corrupción. No en vano escribió, en sus Principios de moral política (1849): “…lo que hoy nos despedaza, lo que cancera el seno de la sociedad, es la falta de moral pública”.

A los diputados, el Dr. Arosemena los conmina a acatar la Constitución y el reglamento interno, a conducirse con independencia y buena fe, y a no dictar leyes injustas. Para evitar este vicio, deben leer cuidadosamente los proyectos que se les presentan y consultar la opinión ciudadana sobre su contenido.

Al jefe del Ejecutivo lo exhorta a realizar nombramientos basados en “las aptitudes, la honradez y el mérito de las personas” y no en “su disposición a congraciarse con el que manda”. A los jueces les recuerda sus deberes: “la meditación, la rectitud y la celeridad en sus operaciones”.

Indudablemente, los escritos de Justo Arosemena y los testimonios de sus actuaciones contienen valiosas enseñanzas para afrontar las situaciones que nos presenta un mundo muy complejo. El bicentenario de su natalicio nos da una oportunidad para recuperar tan valioso patrimonio cívico. Manos a la obra.

El autor es catedrático de ciencias políticas y director de la maestría de relaciones internacionales en Florida State  University

Edición Impresa