BICENTENARIO

Justo Arosemena, el hombre

La semana pasada celebramos, con justa causa, el bicentenario del nacimiento de uno de los hijos más talentosos de Panamá, don Justo Arosemena, quien nació el 9 de agosto de 1817 en este país, cuando aún era parte del Virreinato de Nueva Granada. Durante su vida de 78 años, no solo vio gran parte de la transformación del país de una dependencia monárquica hasta los albores de una nación independiente, sino que fue uno de los principales actores de ese proceso.

Lo sorprendente de Arosemena —y realmente la moraleja de su vida— es que es posible cambiar el mundo a punta de argumentos e ideas. Su vida es prueba de que la razón tiene potencia y el conocimiento es poder. Fue Justo quien anotó por primera vez, de forma lúcida y clara, nuestra contextura nacional distinta a la colombiana. No solo eso, sino que logró el reconocimiento de esa diferencia por las leyes de ese tiempo, con la creación del Estado Federal en 1855. A punta de su esfuerzo, probamos nuestro primer sorbo de autogobierno, que hasta el día de hoy, si somos honestos, sigue siendo un tremendo problema. Tremendo.

Si están pendientes de los medios nacionales, habrán visto reportajes, entrevistas o artículos sobre Arosemena. No es algo regular. El 28 de septiembre del año pasado, la administración de Juan Carlos Varela comisionó a 15 estudiosos panameños la tarea de investigar la vida y la obra de Justo Arosemena y promocionarla. Las múltiples conferencias que se dieron sobre su vida son el resultado de esa gestión, merecedora de un aplauso cerrado, dirigida por el profesor Carlos Bolívar Pedreschi. Incluso, Carlos Arosemena Lacayo, descendiente de Justo, notó que este año era el año que más se había homenajeado a su antepasado.

Rescato un momento interesante: toda mi vida he conocido tan solo una imagen de Justo Arosemena, la que todos hemos visto en nuestro libro de historia de primaria. Un señor viejo, chochito, encorvado, de blancas cejas y barba, con una mirada severa y paternal. Pero gracias a la investigación del Comité del Bicentenario, pudimos ver en una conferencia sobre su vida, una foto de Justo Arosemena a sus 46 años, de cabello negro, mirada intensa, apasionada y con un gesto pensante. Me recordó inmediatamente al estilo de Lincoln. Este era un Arosemena enfocado, enredado y tratando de resolver. Nunca lo había visto así. Sería 1863, ya el Estado Federal estaba operando. Imaginen por un momento todo el esfuerzo que le habrá metido a esa campaña. Y seguir presente y enfocado después de todo eso. Nada mal.

No fue coincidencia el éxito de Arosemena. Justo era sagaz y podía ver las cosas como eran y no solo como él quería que fueran. En una carta de mayo de 1855 a su papá, Mariano, quien era prócer de la independencia de 1821, Justo dice: “conozco mi país, y se por una dolorosa experiencia, que es el país de las anomalías”. Así mismo es.

En su sagacidad, Justo vio la lógica detrás del país. Nuestra posición geográfica es tan particular, que no nos sugiere, sino que nos impone un modelo de vida nacional basado en el intercambio, en el movimiento, en el aprovechamiento del mar, en el flujo de las ideas y del comercio. Es inevitable. Y eso que para cuando él escribía, ni existía el Canal. Justo responde a esta realidad con un modelo de gobierno republicano, fundamentado en las libertades civiles, políticas y económicas. Es la única opción sensata.

Y a pesar de la situación deteriorada de nuestro Estado, los ideales y el rumbo presentado por Arosemena para nosotros: libertad civil, de religión y pensamiento, apertura comercial, educación general, fundamentados en una fuerte e íntegra nacionalidad, siguen allí, llamándonos a sacudirnos la pereza cívica y —en imitación a Justo— participar.

“Voy a decirlo con franqueza. Nuestro país no se ha distinguido jamás por su espíritu público: en medio de los mayores desórdenes y de las más grandes calamidades relacionadas con el gobierno, la indiferencia y el egoísmo han predominado”, dice Justo en esa carta a su padre. Un juicio severo.

Pero, contradictoriamente, la vida de Justo demuestra que esa frase no es del todo cierta. Panamá sí tiene momentos de iluminación pública, momentos donde se ha elevado —parado sobre un clamor nacional— ante los poderes de la tierra para reclamar su libertad y su territorio. Mi única esperanza es que Panamá sí cuenta con gente valiente, trabajadora y lista, capaz de responder a la situación de hoy día con el mismo ánimo e ímpetu que demostró Arosemena en su tiempo. Es cuestión de activarse al entender que en una república, el precio de la libertad individual es la responsabilidad cívica.

El autor  es director de la Fundación Libertad


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