La juventud representa el futuro de toda nación, pero antes, es el presente y ahora más que nunca, se le debe prestar la atención necesaria, pues está bajo riesgo. A diario vemos cómo este colectivo ha perdido sus valores éticos y morales. Muchas veces patrocinados por sus propios padres.
Las leyes “protegen sus derechos” interpretando la corrección como maltrato físico o psicológico, desatendiendo los valores como derivado del latín valere (fuerza, salud, estar sano, ser fuerte), pues algo o alguien tiene valor cuando afirmamos que es bueno, digno de aprecio y estimación.
Los agentes generadores de esta conducta son múltiples, y de una manera u otra, los convierten en víctimas o victimarios. Desde una perspectiva sociopolítica nada se hace para crear mecanismos de defensa o prevención contra este flagelo que deteriora a la juventud panameña, desencadenando una marcada vivencia en su presente que irrefutablemente compromete su futuro del que hablamos sin prestarle la debida atención.
Seguramente, muchos dirán que los tiempos cambian, sin embargo, los valores éticos y morales no tienen por qué cambiar, pues son los que marcan la esencia del individuo. Es hora de que los padres hagamos un análisis minucioso de la educación que le ofrecemos a nuestros muchachos en el núcleo familiar, “la primera escuela”. Solamente así estaremos cumpliendo con aquella misión para la cual fuimos escogidos desde el día que aceptamos llevar un título sin siquiera haber iniciado la carrera.
Todos debemos aceptar el desafío de reestructurar el tejido social de Panamá. Y como parte de este terruño, tenemos la necesidad de participar, identificarnos y solidarizarnos con este grupo vulnerable de nuestra sociedad, protegiéndolo, respetándolo, pero sobre todo, enseñándole con el ejemplo y exigiéndole no menos que eso. Pues, si aquellas conductas antisociales se aprenden desde edades muy tempranas (0-5 años), entonces, indudablemente, los valores morales y éticos estarán bien cimentados en nuestra juventud si inculcamos su praxis desde los primeros años de vida.
Todos somos responsables de la juventud de hoy, directa o indirectamente colaboramos en la mala formación, cuando utilizamos las normas legales de manera indiscriminada, interpretándolas a favor nuestro. Peor aún, creando leyes que permiten estas interpretaciones.
De igual forma, salimos en defensa de nuestros hijos, aun siendo conscientes de sus faltas, mostramos indiferencia ante la injusticia sobre nuestro prójimo, porque no es problema mío y hemos perdido el verdadero significado y la vocación de enseñar, terminando por creer que el joven vale más por sus calificaciones que por la esencia del individuo que es.
La autora es estudiante de criminalística