Hay quienes afirman que leer libros no nos hace mejores personas. No es falsa la aserción. Una persona que vive entre muchos libros, pensemos en una bibliotecaria, puede ser tan perversa que ni el mismo diablo la quiere en el infierno.
Se estima que Adolfo Hitler poseía una biblioteca de mil 600 volúmenes. La historia del libro está llena de grandes tiranos que quemaban libros, pero también leían. Algo así tan macabro como imaginar que de noche leían a Cervantes o a Shakespeare y de día hacían galletas con su prójimo.
Sin embargo, todo esto no puede menoscabar el deslumbrante universo de la lectura. Las experiencias de lectura y sus beneficios para la comunidad son mayores y están imprimidas en cientos de testimonios anónimos que si se pudieran registrar llenarían millares de páginas.
Por algo el libro siempre ha sido objeto de persecuciones. Porque uno de sus misterios es que puede ser un arma para tomar buenas decisiones; del mismo modo que puede crear monstruos. Es inevitable que un buen libro llegue a las manos de un espíritu maltrecho.
La cultura del libro no es la vacuna para los males de la sociedad. Al leer no ingerimos una pócima mágica que nos evita el camino del mal. Pero el libro, aun en medio de las contradicciones, es el único objeto con una libertad capaz de cambiar el destino y nos ayuda a pensar qué camino tomar.
Leer más no nos salvará de los peligros inminentes ni nos librará de las tentaciones. Una persona corrupta puede tener una biblioteca en su casa. Un buen lector puede ser un conductor violento al volante. El libro es un objeto como cualquier otro, pero es un objeto que te ayuda a ver opciones.
Cuando leemos firmamos un contrato tácito con el autor y nos ponemos de acuerdo con el uso de un lenguaje que nos ayuda a discutir en silencio. De la misma forma, hay otro contrato implícito en el acto de transmisión cultural de la lectura: la opción de elegir la persona que quieres ser.
El autor es escritor