Hace poco fuimos testigos de las vergonzosas imágenes de un político leyendo tan mal que parecía un borracho. Y se me ocurrió una idea. ¿Y si como requisito para aspirar a una curul los candidatos tuvieran que leer y comentar un texto? Con esto podríamos saber si el candidato a funcionario está preparado para legislar.
No bromeo. Y aprovecho esta infeliz situación para sugerir que la lectura sea elevada a prioridad pública, tan importante como la salud, porque la lectura debe aspirar a la promoción de un ser humano capaz de vencer la ignorancia y desenmascarar a los que no merecen un cargo público.
La lectura como acción de intervención social debe servir para dignificar al ser humano y devolverle a la sociedad los políticos que se merece. No quiero generalizar, porque habrá políticos que respeto. Pero voy a ser cruel.
Hay un tipo de pobreza que es peor que el hambre y más dañina que la carencia de cosas; es la pobreza mental. Esa miseria intelectual que vemos todos los días desfilar en los medios, que viste saco y corbata, no permite construir una cultura política, por lo menos digna.
“Cuando los seres humanos dejamos de pensar, la pobreza se vuelve absoluta y la desdicha nos habita”, nos dice Luis Bernardo Yepes Osorio en ese hermoso libro llamado No soy un gánster, soy un promotor de lectura. Por eso es importante que los jóvenes lean para pensar, porque ellos serán los futuros políticos.
Esos mismos gánster que pueblan el Órgano Legislativo saben muy bien que los libros son sus verdaderos opositores. Ellos saben que la lectura puede hacerles mucho daño a la hora de ir a las urnas. Porque un lector es un ciudadano pensante que sabe tomar decisiones inteligentes.
Por eso ellos no construyen bibliotecas, sino que regalan piernas de cerdos a fin de año, nunca libros. No sacian su hambre como usted imagina. Alimentan su ignorancia para que luego, algún día, sus hijos estén sentados en ese palacio de ignorantes leyendo como un borracho.
El autor es escritor