Hace años, al inicio del gobierno militar, un amigo caminaba cerca de la entrada al Ministerio de Gobierno y Justicia, cuando vio un par de camiones de volquete que recibían cajas de libros y documentos. Su curiosidad lo llevó a preguntar y la respuesta fue que el ministro dio instrucción de botar gran parte de los documentos y libros de la biblioteca de esa institución. Rápidamente fue a buscar su automóvil y lo estacionó al lado del camión y pidió recoger lo que pudiera. Esa biblioteca contenía las memorias año por año de la gestión de la institución desde principios de la República, así como libros de gran valor histórico. Lo que pudo salvar mi amigo se encuentra todavía en su biblioteca y son un acervo de la historia del país.
Años después observé en el pasillo de la planta baja de la Facultad de Humanidades una pila de libros y documentos puestos con cierto orden. Pertenecían a la biblioteca de Ángel Rubio, profesor de geografía y fundador de la Escuela de Geografía de esta universidad. Aparentemente necesitaban salones y, como muchos libros eran considerados viejos, fueron descartados en su mayoría. Hoy, la facultad se está quedando sin alumnos, pero también sin su acervo histórico.
Lo mismo ha pasado en la biblioteca Simón Bolívar de la Universidad de Panamá: libros viejos y no utilizados en un determinado periodo de tiempo, al descarte.
Donar libros usados a las bibliotecas ya no es una oferta bien recibida. Aquí, la razón es distinta. Solo aceptan material panameño. Lo demás es rechazado, especialmente si está en inglés. Las bibliotecas de Olga Linares, arqueóloga panameña y de Phillip Young, antropólogo especializado en los ngäbes, tuvieron una respuesta parecida. Una oferta de James Howe, especialista en los gunas, de sus revistas de antropología, fue ignorada.
Estos ejemplos son indicadores de una situación que está llegando a su límite. Las bibliotecas públicas se quedan sin espacio y sacrifican material cuyo contenido no es seleccionado, sino al azar para ser descartado. El argumento es que no se han consultado en un cierto número de años. Los intelectuales que desean donar sus bibliotecas como legados, se enfrentan al rechazo. Para un intelectual descartar sus libros es como desprenderse de un familiar muy cercano y dejarlo en el camino para el olvido.
La digitalización de libros ha facilitado su acceso desde una computadora u otros dispositivos. Un efecto es que las bibliotecas pierden algo de sus usuarios naturales, quienes ahora parecen encontrar en la web y en las redes lo que buscan sin tener que visitar las bibliotecas. Todo parece apuntar a la repetición de un masivo descarte de libros en piras, como en los tiempos de Hitler y de muchos otros que niegan el conocimiento por subversivo.
Las ferias de libros debieran tener espacios para los intercambios y venta barata de libros de las bibliotecas privadas, pero seguramente esta idea es opuesta al deseo de ganancia del mercado de libros. Hagamos pues, otras ferias como otra alternativa.
El autor es antropólogo

