Los disparos letales contra José Antonio Remón Cantera le ocasionaron la pérdida de dos litros de sangre, le rompieron la vena cava interior y la aorta abdominal, y le hirieron el riñón derecho y el colon. Una ilustración confidencial del médico forense muestra cómo dos proyectiles penetraron en el cuerpo del mandatario, con lo cual se desvirtuó la teoría oficial de que una sola bala produjo el magnicidio.
La muerte de Remón sucedió a las 9:30 p.m., dijo un médico del Hospital Santo Tomás donde atendieron al mandatario desde antes de las 8:00 p.m. El pueblo panameño rodeó el hospital, y salvo el vicepresidente José Ramón Guizado y unas cuantas figuras políticas, el gabinete ministerial, magistrados de la Corte Suprema y los altos mandos de la Policía esperaron el desenlace definitivo en la Comandancia de la Guardia Nacional.
El protocolo de la autopsia practicada a las 10:30 p.m. por el médico forense Luis B. Casco enuncia los códigos generales de la víctima. “Nombre: José Antonio Remón Cantera. Sexo: masculino. Raza: blanca. Residencia: Presidencia de la República. Muerto: 9.30 p.m, enero 2/1995. Ocupación: Presidente de Panamá”. Y describe las condiciones externas del finado. “Cadáver de un hombre blanco, poco más o menos de 46 años. Rigidez cadavérica ausente. Condiciones de la nutrición general, buenas. Piel pálida. Sistema piloso desarrollado. Abundante tejido adiposo. El abdomen abultado. Nada especial en las extremidades”.
Excepto “la rigidez” y la “piel pálida”, esta parte del protocolo coincide en varios puntos con la descripción vívida de Gloria Guardia en su novela Lobos al amanecer. “Chichi, en lo físico, era más bien bajo, de barriga abultada, triple papada y facciones aniñadas que se confundían entre kilos y otras protuberancias de grasa”.
Guardia relata cómo “Chichi” no es que fuera un exponente de su raza ni un amante de gustos suculentos, ni un caballero encantador, ni un pensador de sabiduría milenaria. Al contrario, “sus aficiones” eran de las “más trilladas”. Boxeo, golf, hípica y trago. Con el tiempo se refinó un tanto y le tomó gusto a beber champaña con hielo en vasos de high-ball. Gloria Guardia remata: “El jefe era un militar como muchos otros de Latinoamérica, y como tal sus principales características eran la consabida ordinariez, la astucia y la prepotencia”.
Sobre todo la astucia, que en Panamá llaman “juegavivo” y que fue suficiente para que alguien así, vestido de esmoquin, pudiera bailar con la reina Isabel II de Inglaterra en su visita al país en 1952, o para hacer de la firma del tratado con Dwigth Eisenhower una causa nacionalista. En las negociaciones con Estados Unidos, recuerda el politólogo Carlos Guevara Mann, el Presidente logró alinear detrás de él a los más selectos abogados y políticos poderosos. Fue el caso de Ricardo J. Alfaro, “acaso el jurista más distinguido del país en el siglo 20”, o del expresidente Harmodio Arias, “adversario acérrimo siempre del militarismo”.
La audacia del mandatario quedó de manifiesto en las negociaciones. La más notoria señal fue la vez en la que proclamó: “Ni millones ni limosnas, queremos justicia”. Frase inapropiada siendo que las conversaciones debían tener un curso amistoso para modificar cláusulas económicas en torno del Canal.
En esos meses disminuyó la persecución del comunismo en Panamá. Guillermo Sánchez Borbón “era un comunista más” y recuerda su denuncia en el diario de Arias del asesinato de dos activistas en Bocas del Toro. “El periódico dio un gran despliegue y puedo asegurar que una vez publicado, Remón advirtió a un agente de la Guardia Nacional que ‘al que se meta con él [Sánchez Borbón], lo jodo”.
Cecilia Pinel, primera dama de Panamá, se convirtió en un problema para el Presidente. Un avión militar regresó a “Ceci” de Estados Unidos porque fue interceptada en un aeropuerto con una valija con dos kilos de cocaína. Pero en especial porque según el Chicago Daily News, la “señora de Remón llegó a ser la voz de su pueblo cuando acusó en la Conferencia Internacional de Caracas a Estados Unidos de ‘criadores del comunismo’ en el Canal de Panamá, al pagar salarios desiguales entre los panameños y los yanquis”.
Sobre el ascendente tráfico de drogas desde y por Panamá, la revista Bohemia en un reportaje sensacional publicado en agosto de 1955 comentó la visita “de incógnito” al país, el 2 de diciembre de 1954, del presidente del Comité contra actividades subversivas de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, el legislador Harold Velde. Permaneció 15 días en Panamá.
Bohemia enuncia dos hipótesis del viaje. “El plan contra los traficantes de drogas que operan desde Panamá, o porque dichos traficantes se enteraron por sus mismos medios ilícito-inquisitivos, de los decididos propósitos de Remón en narcóticos”.
El tratado debía firmarse menos de un mes después de la partida de Velde. El 12 de enero, Remón Cantera suponía su consagración tras una faena político–militar de 25 años. Al parecer desestimó la información allegada a él sobre el atentado por fuentes diferentes del diputado Hugo Torrijos y del padre Carlos Pérez Herrera.
Guizado dijo en su libro El extraño caso del presidente Remón que en las oficinas de la Corporación de Ingeniería S.A., años después del magnicidio, Pérez Herrera le aseguró que “el señor René Betancourt le había informado a Remón sobre el atentado. (…) Betancourt falleció hace algún tiempo y era de reconocida filiación política panameñista”.
La tarde
Gloria Guardia recuerda en su libro cómo antes de las tres ráfagas en el Juan Franco, la tarde transcurría “fulgurante, espléndida, y la brisa, la que suele anunciar la llegada del verano, soplaba contra la bahía”. El Presidente iba en el asiento trasero de su Cadillac rumbo al hipódromo, para ver la última carrera de aquella jornada hípica. Su yegua ‘Valley Star’ debía correr y ganar la manga número 11, pasadas las 7:00 p.m., precisamente cuando las luces frente al palco presidencial resplandecían y alcanzaban a enceguecer la vista de los apostadores. Y también cuando había cambio de guardia y la seguridad del presidente Remón se hacía vulnerable.
El triunfo de ‘Valley Star’ cerró la noche y desencadenó los sucesos fatales en el palco del Club House. Se encendieron las luces y se escuchó una ráfaga de ametralladora que los presentes confundieron primero con fuegos pirotécnicos. Pero el Presidente alcanzó a corregir y dijo “estos no son cohetes” al ver el estallido de los vasos y las botellas.
Peralta, guardaespaldas del Presidente, no alcanzó a protegerlo con su cuerpo, pues fue impactado por la espalda. El diario La Hora en su edición del 6 de diciembre de 1957 en un artículo titulado “De adentro y de afuera tiraron el 2 de enero”, tuvo en cuenta un análisis del abogado Juan Felipe Escobar para decir que “el heridor de Peralta debería estar detrás de él, o sea por donde está la cantina interna del Club House. Este dato no se investigó e indicaba que Peralta había sido muerto por alguien que estaba dentro del Club”.
El dato comprueba entonces lo que por años intentaron ocultar la Guardia Nacional y la Asamblea Nacional. Basadas en la autoinculpación de Rubén Miró -abogado que en un principio se atribuyó los hechos y responsabilizó a Guizado de ordenar el magnicidio- la Guardia y la Asamblea sostuvieron siempre que a Remón Cantera lo mató un proyectil de una ametralladora alemana Schmisser disparada desde los papos y los jardines delante del palco. Se cuidaron de omitir la ilustración del tórax del mandatario con dos orificios en su parte derecha: uno inferior, consecuencia en efecto de una Schmisser, y otro superior, de trayectoria descendente y resultado de pistola.
Hicieron caso omiso de testimonios de otras personas, no necesariamente testigos ubicados en el teatro de los hechos, acerca de tres hombres vestidos de negro en veloz carrera por las afueras del Juan Franco hasta perderse en la noche. Según un informe de la Policía Secreta, las hermanas Melo, jubiladas del Magisterio Nacional, residentes en una vivienda contigua al Juan Franco, atestiguaron “haber visto poco después de las 7.30 p.m. del 2 de enero a un hombre corriendo que venía del hipódromo; pasó cerca de la casa de ellas y se guareció brevemente en el zaguán”. Sus señas, según las Melo, correspondían a las del matón preferido de Lucky Luciano: Martin Irvin Lipstein.
El 17 de diciembre, Lipstein se embarcó en Veracruz, México, en un vapor italiano de carga. La nave en su recorrido atracó en los puertos del golfo de México y de Estados Unidos. Después fue a Cuba, en un tiempo en que el Sindicato Nacional del Crimen hacía fiestas en la isla. Siguió a Puerto Rico y después llegó a La Guayra, Venezuela, muy temprano, el 2 de enero de 1955.
Italia debía ser el destino final del vapor. Pero Lipstein abandonó el itinerario porque se sentía enfermo y compró un tiquete aéreo en Pan American Airways rumbo a México y con escala en Panamá. Llegó a este país a las 4:00 p.m. y según Guizado “se transporta en bus a la Zona del Canal”. Al rato se aparece por La Boca y sobre las 7 p.m., le dice a alguien que quiere ir a las esclusas de Miraflores”.
Al sujeto lo capturaron más de dos horas después en el aeropuerto de Tocumen. Bohemia describió al número uno de Luciano en el momento de ser interceptado. “Joven norteamericano de ascendencia hebrea y apellido Lipstein. Sucio, desastrado, con la ropa manchada de barro, infundió sospechas a la policía de servicio. Se procedió a su arresto cuando iba a abordar un avión”.
Más adelante dice: “Durante varios días permaneció detenido, hasta que fue arrestado [Rubén] Miró, y durante el tiempo de detención fue sometido a interrogatorios y a la prueba de parafina para hallar huellas de pólvora en sus ropas y en sus manos”.
La inculpación de Miró y luego su acusación directa a Guizado como autor intelectual propició el “golpe de Estado parlamentario” en contra de este tras haber ascendido al poder en la madrugada del 3 de enero en la Comandancia de la Guardia Nacional.
Al poco tiempo Miró se retractó de su acusación, pero fue insuficiente porque se condenó al vicepresidente y de esta manera validó el ascenso de Ricardo Arias. Pasaron los meses y el 20 de julio de 1955 el diario La Estrella de Nicaragua recogió la declaración de Lipstein luego de caer en manos de las autoridades mexicanas. Dijo haber “participado en el asesinato del coronel Remón haciendo a numerosas personas del mundo oficial panameño cómplices del atentado que costó la vida de aquel magistrado. No fue por política”.
La revelación concuerda con una nota del semanario La Opinión publicada el 12 de marzo de 1957. En ella Miró sentenció: “Al jefe de la banda de los que tiraron en Juan Franco lo dejaron ir: está muy lejos y se llama Irvin Lipstein”.
Rubén Miró en su momento se retractó de sus acusaciones. Apareció muerto el 31 de diciembre de 1969.



