Cuando el maestro mueva las fibras de su corazón y reconozca el maquillaje superficial del espejismo; cuando descubra los elementos que componen la obra de arte; cuando le gane a la pereza y busque entre los anaqueles de las bibliotecas los títulos que expresan la forma y las ideas; cuando tenga el valor de frenar al mercader que trafica sin pudor en las puertas del glorioso plantel; entonces llegará el momento en que nuestros estudiantes conocerán las voces que el corpus de la literatura esconde como bello tesoro.
Repensemos a José Martí: “La verdad en las obras de arte es la dignidad del talento.” Hoy se ha adulterado la miel de la literatura en nuestras instituciones educativas y se ha prostituido la cultura que hacía crecer a la persona; lo que leen los jóvenes hoy no lleva ni el sello del talento ni la imagen de la dignidad. Se le ha dado la espalda al criterio y al rigor, porque se ha descuidado la formación desde el libro que se escribe sin pretender ser, porque ya es. Ya no se pronuncian los apellidos de Beleño, Jurado ni Solarte.
Solo el maestro franco y con vocación buscará los libros formidables del asombro porque revelan un descubrimiento sincero de la realidad y no porque brillan como escarcha en los catálogos seductores de los distribuidores. Solo el docente honesto y noble renunciará de ganarse una comisión para que sus alumnos lean condicionados; él los guiará como antorcha para que conozcan los buenos libros que se han escrito con la sangre.
La corrupción amenaza las instituciones escolares porque se negocia sin pudor en nombre de la cultura. Llora el pabellón en medio de un mercado fenicio. Educar es enseñar a resistir. Urge exorcizar las aulas de todo libro sin valor literario. De nada sirve sembrar círculos de lectura en las escuelas si la empresa de leer no educa los sentidos, si la inteligencia y el pensamiento no se regocijan; hay que acercar al estudiante a la complejidad del mundo y distanciarlo de la enfermiza mediocridad.
El autor es escritor