Dicen que el ser humano es el único animal que se tropieza dos veces con la misma piedra. Pues los argentinos se acaban de tropezar con la misma por cuarta vez. Se celebraron las elecciones generales en Argentina y lo ha ganado Alberto Fernández y su vicepresidenta Cristina Kirchner.
La victoria de este tándem se debe mucho al discurso moderado de Fernández que tapaba un poco el tétrico historial de Cristina. Pero en especial se debe al catastrófico fracaso del pronto expresidente Mauricio Macri durante su gestión. Macri llegó al poder en el 2015 con la esperanza de revertir la situación económica y política en Argentina. Era una tarea casi imposible de realizar; tan imposible, que Macri ni siquiera intentó verdaderamente reparar la situación del país.
Y con esto, vuelve el Kirchnerismo a Argentina. Este país ya lo ha sufrido por más de 10 años entre 2003 y 2015. Durante este periodo Argentina sufrió una inflación anual media de 12% con Néstor Kirchner y de 25% con Cristina Kirchner. Déficits fiscales, un país sin reservas, economía estancada, desplome en la industria y exportación, exagerado endeudamiento nacional, aumento en la pobreza, fuga de capitales y un empleo sostenido solo por un Estado paternalista.
Y, por si fuera poco, todo este mar de males vino acompañado de una ola de corrupción que deja a muchos políticos corruptos panameños como monjas de la caridad. Una de las principales formas de saquear el Estado argentino era a través de sobrecostos de obras públicas.
¿Como llegó Argentina a los horribles resultados mencionados arriba? Los factores son muchos y cada uno complejo de analizar, pero me enfocaré más en factores inducidos por el gobierno. La primera mala práctica es el irresponsable y exagerado gasto público que tiene Argentina. Más de 40% de la economía argentina es manejada por el sector público. Los economistas recomiendan que los gobiernos de países en vía de desarrollo no manejen más de 30% de la economía. Parte del enorme tamaño del gasto público es la planilla que maneja, en la que 1 de 4 trabajadores argentinos laboran en instituciones públicas.
Otra mala práctica realizada en Argentina es el impago de la deuda con inversores internacionales. Y, lógicamente, si no le pagas a quien le debes dinero, no mucha gente te prestará después. Al no tener acceso a crédito a los mercados internacionales, el gobierno empezó a exprimir a los sectores más productivos del país a base de incremento de impuestos y aranceles. Sin embargo, estas recaudaciones no eran suficientes para cubrir el enorme gasto público.
Y con esto pasamos a otra pésima práctica del gobierno argentino: la excesiva impresión de moneda. Al no poder cubrir el gran gasto público con la recaudación de impuestos y no poder acceder lo suficiente a mercados internacionales, el gobierno terminaba de cubrir los gastos dándole a la máquina de imprimir billetes. La impresión de nueva moneda se ha realizado de forma tan acelerada que terminaron teniendo una inflación a niveles catastróficos: en los últimos años con el mismo dinero que antes tenías para comprar un auto, ahora te alcanza para poco más de un “smartphone”.
Ahora, ¿Qué tiene que ver esta historia de terror con nuestra querida Panamá? La ventaja de ser un país tan joven es que podemos aprender de los errores de otros. Es importante analizar las malas políticas económicas que ha impuesto Argentina en el pasado y, posterior a eso, compararlas con políticas económicas actuales de Panamá y ver en qué áreas vamos en buena dirección y en que otras no tanto.
Es un hecho que el gasto y planilla pública de Panamá no están en niveles ejemplares. Si es cierto que no estamos al nivel de Argentina, debemos reducir el gasto público a niveles más saludables. Tampoco este argumento infiere eliminar programas sociales claves para los más vulnerables económicamente. El proceso actual de reducir el presupuesto público anual es una vía correcta para alejarse de un gobierno gigante e ineficiente. La iniciativa de reducir la planilla pública para que este capital humano transite a la empresa privada también es algo positivo.
La solución parece clara: reducir el gasto público y equilibrar los presupuestos. Contraria a la vía que tomó Argentina, también debemos dar más libertad a la empresa privada para potenciar la prosperidad de todos los integrantes de la economía. Los individuos y las empresas también pueden optar por buscar sinergias para un desarrollo por medios alternos al gobierno.
Sin embargo, a pesar de que la solución parece clara, no es sencilla de ejecutar. Gran parte del proceso de reducir el gasto público es desprenderse de una cultura populista y paternalista. Esto requiere un cambio de mentalidad de parte de los individuos de la sociedad.
Otro punto que debemos fijarnos de Argentina son los catastróficos resultados de un país inundado de corrupción. Y de todas las comparaciones que he hecho hasta ahora, esta es la más preocupante para nosotros, ya que, Panamá está peor que Argentina en el último Índice de Transparencia Internacional. Por suerte, la ciudadanía panameña cada vez está más consciente de este problema, y la exigencia por rendición de cuentas a la clase política y la creación de organizaciones cívicas para la transparencia del gobierno es cada vez mayor. Todas estas medidas nos ayudarían a llegar a una mejor economía, menos pobreza y mejor calidad de vida para los panameños.
El autor es analista financiero
