La educación es uno de los elementos que más influye en el avance y progreso de personas y sociedades. Además de proveer conocimientos, ella enriquece la cultura, el espíritu, los valores y todo aquello que nos enaltece como seres humanos. La educación panameña viene sufriendo una crisis los últimos años y es necesario preguntarse, ¿podrá mejorar? O, mejor dicho, ¿podremos mejorarla?, pues depende de cada uno de nosotros cambiar el concepto de educación que llevamos cual lastre, a una educación libre, integral y característica de un pueblo visionario, porque educación no es de uno, sino de todos.
Retroceder cuatro posiciones en el marco de competitividad global hace que la misma educación clame por su transformación; iniciando por un cambio de infraestructura apta para la pluralidad estudiantil, invirtiendo en servicios que promuevan su desarrollo, una docencia altamente capacitada que aborrezca el conformismo, con estudios especializados y los mejores en pedagogía, creación de plataformas, clubes y programas en los que se incentiven al máximo las competencias deportivas, de ciencias naturales y científicas, haciendo de estas sus estandartes. Asimismo, hay que eliminar el sistema convencional donde se exalta solo la capacidad memorística del estudiante, en aras de nutrir las capacidades creativas, analíticas y solución de problemas en niños y jóvenes.
¿Seguimos? Porque aún no es suficiente. Necesitamos cambiar el sistema en el que el egresado pueda ser un estudiante integral teniendo como competencias las prácticas administrativas, ciencias matemáticas, aeroespaciales y biológicas, fomentando la inventiva hacia un mundo en constante cambio y adoctrinar para las diferentes áreas de interés y aptitudes. Para ello, se necesita transformar las escuelas de formación de un solo rubro a escuelas omnímodas, donde las asignaturas sean planificadas de acuerdo con el futuro de nuestros hijos y del nuevo entorno que Panamá enfrenta. Como docente y estudiante, necesitamos un compromiso pleno en fomentar la cultura, valores y principios que hagan de nuestra educación una que sea ejemplo a nuestros países vecinos y ello no solo depende de la administración de Panamá, sino de cada uno de nosotros. Necesitamos de padres comprometidos con sus hijos, hijos comprometidos con ellos mismos, familias entregadas por el futuro y una sociedad rebosante de educación, sabiduría y conocimiento.
Es por ello, que debemos cambiarnos el chip de pensar que la educación es impartida de forma unilateral en las escuelas y universidades, y, por el contrario, entendamos que estos son solo centros de formación e instrucción, y que la verdadera educación es impartida en nuestros hogares y, por consiguiente, la familia panameña debe ser la primera en dar el primer paso hacia la formación de un profesional competitivo.
La autora es estudiante universitaria.