Títulos como el de esta columna es de suponer que no logran captar la atención de muchos lectores. Al final del camino siempre existirá una abismal brecha entre ricos y pobres. Es una sentencia milenaria que la humanidad tiene que aceptar o conformarse, dependiendo si se nace en cuna de oro o en rancho de pencas y barro. En nuestro país la pobreza extrema sigue galopando y ese milagroso crecimiento económico que pregonan los “geniales analistas y economistas” no aterriza en los hogares humildes.
Los deseos de “feliz Navidad” son la moda en el mes de diciembre. Pero, ¿cómo pasar felizmente las navidades con una hogaza de pan y chicharrón, y sin nada que regalarle a los niños? Mientras, por el contrario, en muchos hogares ya se tiene el menú confeccionado, igual que los regalos. La cena está dispuesta desde estos primeros días de diciembre en muchas casas y es notorio observar a familias de diferentes clases sociales cursar invitaciones para que sus más allegados compartan las celestiales comilonas y embriagantes bebidas, mientras los niños están enloquecidos por abrir los regalos, obsequio de mamá y papá y abuelos. Pero, pocos o nadie mira a ese gran sector de la población que sabe que existe la Navidad porque ve las vitrinas de los centros comerciales colmadas de miles de luces de colores y adornos.
Es fácil distinguir a los niños pobres. Llevan vestimentas con agujeros, y mugre entre sus dedos, producto de ayudar a sus padres a obtener algo de alimento. Pero, también dibujan angelicales sonrisas cuando al caminar por la gran ciudad encuentran en los basureros juguetes desechados por familias con hijos exigentes, que ya no quieren los del año pasado. Los pobres han aprendido que la Navidad es un día más en el calendario y que han de sobrevivir por sus propias fuerzas. Lo más triste es ver a los niños pobres de mi país, caminando por las calles. Caminan junto a sus padres, quienes sacan de sus mochilas pedazos de pan mordisqueados para que los estómagos de los chiquitines se fortalezcan por un momento, y se distraigan mientras buscan algo más de sustento que algún alma caritativa ofrezca. Para esos niños no hay árbol de Navidad, luces de colores ni música con alegorías de la temporada. A ellos la vida les enseña que nacer en cuna de oro es diferente a nacer en un pesebre, como el niño Jesús.
Parte el alma ver cómo pegan sus rostros a las vidrieras de almacenes, fascinados por los adornos y la estruendosa música. Sí, amigo lector, los niños pobres del mundo solo pueden mirar, pero no tocar ni comprar. “Por eso y muchas cosas más, ven a mi casa esta Navidad...”, dice la letra de una sonada canción, pero solo es letra muerta, porque pocas almas están dispuestas a compartir su mesa con los pobres de mi país y del mundo. Nada me cuesta desear ¡feliz Navidad! a todo el que encuentre en mi camino, pero me cuidaré de lanzar esa expresión a las familias pobres, que no saben lo que es celebrar Navidad desde hace años.
